Adiós contraseñas. Hola corazón

“Los signos, claves y contraseñas me piden que lo pensemos un poco más”.

 Con esta apresurada frase escrita antes de las 12 de la noche cortaba mi post de ayer. Deseaba dejar publicado algo y cerré sin justificar la abrupta despedida.

Una lectora, amiga del alma a la que tanto quise, me preguntaba esta mañana si me sucedía algo. Le he tranquilizado. Todo estaba en orden. Pero no deseaba pasar al día siguiente sin publicar algo. Perdón por dejarles a medias. O a tercias.

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Había leído no se donde que en 2020 las contraseñas desaparecerán (Periodista Digital, 13/01/2020). Sí, esas claves que tenemos que teclear para entrar en nuestro ordenador, para acceder a la web del banco, de la facultad, de la firma de moda a la que compramos ropa, etc., etc., … no tendrán sentido en un futuro inmediato.

Vamos a pensarlo un poco más, como decía hoy y terminaba ayer.

Ya hay Smartphones en los que basta el reconocimiento facial para poder usarlo. Ya existen sistemas que se hacen operativos con la huella digital, con el iris o con la voz. Y no sólo: los latidos del corazón servirán; luego les cuento.

Existen dos constantes del progreso: comodidad y seguridad.

En el fondo, el bienestar activo. No el “bienser”, que de eso no se ocupa necesariamente el progreso técnico-económico. Las empresas buscan nuestra adhesión a sus aplicaciones e inventos apelando a que nuestro esfuerzo para conseguir algo sea el menor posible. Nada que reprochar.

Al contrario: Internet facilitó dos cosas que nos encantan a los humanos. De una parte acceso rápido a conocimientos, imposibles o muy arduos de obtener sin la red de redes. De otra parte, la comunicación. El contacto, prácticamente en tiempo real, con otros congéneres nos fascinaba. Es que es fascinante.

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Es posible que hayamos asfixiado la capacidad de asombro por la tendencia, tan humana, de dar por sentadas las cosas maravillosas cuando las tenemos cerca todos los días. Pasa, desgraciadamente, en cosas espirituales como la Eucaristía. Pasa en cosas afectivas como el amor diario. Y, cómo no, pasa en las cosas materiales como la seguridad en Internet.

Perdida la fascinación, emergido el acostumbramiento, se baja la guardia en lo espiritual, en el amor y en el ordenador. Para contrarrestar esto último, nacieron las contraseñas. Es la seguridad puesta desde fuera. No es broma: para hacer una transferencia por internet tuve que introducir antes de ayer tres claves.

Desde luego fue más cómodo que ir a la oficina bancaria, pero es un poco humillante – qué quieren – que hayamos  tenido que llegar a tal grado de desconfianza e inseguridad. Pues en 2020 parece que no hará falta teclear contraseñas. Les he dicho que bastará con los latidos del corazón. Les copio lo visto en un monitor del hospital que he visitado recientemente:

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“¿Sabías que es posible identificar a alguien por su latido cardíaco? – preguntaba una pantalla, para responder a continuación -. El corazón de cada persona late con irregularidades únicas. Trasladando estas irregularidades a un algoritmo, una empresa norteamericana ha creado una pulsera con la que se pueden sustituir las contraseñas del ordenador por el latido del usuario”. Pensando en las claves, amiga del alma, me hace gracia pensar que el algoritmo se volvería loco con dos corazones al latiendo al unísono.

Idea fuente: la desaparición de las contraseñas y la emergencia de los latidos.

Música que escucho: You’ll Be In My Heart, Phil Collins (1985)

José Ángel Domínguez Calatayud

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