La normalidad es bella

Más bella que la arruga. Más bella que la imagen que hemos hecho de ella. La normalidad es bella. Pero ¿y las fiestas? ¿Y la Navidad y Nochevieja? Todo eso es hermoso: hay canciones, artículos y cuentos que plasman en purpurina y dulzura toda esa belleza.

Ha sido como algún amor: ¡fue bello mientras duro! Hermoso todo el tiempo que lo engrandecimos en nuestra voluntad, en las horas de repasar o de preparar el próximo encuentro. Igual estas fechas. Si serán atractivas que tengo una amiga que se fue con otras a una playa del Sur a celebrar la ¡Pre-Nochevieja!

No seré yo quien alce la voz contra este diciembre de fiesta. Celebrar  con amigos es, en todo caso, de las cosas más estupendas que se puede hacer. Tener cerca las risas de los seres queridos insufla más vida a la vida y le da el contenido de alegría en su máximo esplendor. La Fiesta. El corazón, si te paras un momento, te está cantando desde dentro sones. Música que te vuelve más humana, más humano y parece pedirte que no cese nunca.

Photo by Khara Woods on Unsplash

Y de repente, nos comportamos cenicientamente: van a dar las doce, y el  vestido de noche se convertirá en andrajos. La carroza será lo que fue: una calabaza. Y los palafreneros unos ratones y… nos dejamos atrás un zapato tallado en trasparente cristal. Y nuestros días se volverán cochambre de repetida rutina.

Pues no.

Para algunos desde hace días. Para otros después de abrir el último regalo de Reyes. Para todos el largo enero sufre el castigo de venir tras la fiestas de diciembre. El castigo lo hacemos propio en una autoflagelación.

Parte de esta visión tenebrosa, en una cosmología de bajo nivel o sin nivel: “lo que toco yo”. No cabe lo intangible. Tampoco cabe nadie más que yo. Con tan limitadas expectativas bidimensionales no hay felicidad al acabar el último brindis y entrar en la normalidad. “Las personas felices no nacemos, nos hacemos” escribía Carlos Andreu.

Ahí la normalidad es bella. No digo cómoda: digo bella. Belleza cósmica, si entre los primeros propósitos del año ponemos un orden.

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Belleza al mirar qué hay de bueno en otros. Belleza al repasar nuestro propósito, sacar punta al lápiz de los planes de cosas factibles que mejoran de manera medible nuestro pequeño mundo: trabajo, amor, cultura. Son tres dimensiones de la inteligencia vital de las que ya escribió hace tiempo Enrique Rojas (Una Teoría de la Felicidad). El eminente doctor destacaba que “la felicidad es una dimensión prospectiva que responde a la realización de nuestro proyecto personal”.

Ese proyecto personal “vive” sus años en una casa llamada normalidad que, con las naturales contrariedades, es bella en la medida en que nos implica en la felicidad de otro, en el trabajo con otro, en el amor a otro, en la cultura que nos humaniza para otro. A ese limón, lo exprimimos, le añadimos el agua de nuestro querer y el azúcar que precise para llenar paladares de risas, ternura y alegría.

¡Cuánta belleza nos espera este año 2020!

Idea fuente: la felicidad de una normalidad que hacemos bella

Música que escucho: Lemon Tree, Fools Garden (1995)

José Ángel Domínguez Calatayud

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