Los hijos no son propiedad del Gobierno

Tampoco son del Gobierno la Prensa, la Fiscalía, la Judicatura, los lechos conyugales o la celebración de los cumpleaños. No, los niños y las niñas no son propiedad del Gobierno.

Ni del Parlamento. Ni de los laboratorios de ideologías. Los hijos no son una propiedad. Ninguna persona es propiedad de nadie. Tampoco mientras es niño.

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La imposibilidad de todo niño para salir adelante físicamente da a sus padres el derecho-deber de asistirlo con alimento y vestido. Pero no acaban sus tareas ahí. Resulta cansino tener que explicar lo obvio: cada niño nace con necesidades de afecto, cuidado, conocimiento y orientación para el ejercicio de virtudes que le hagan una persona íntegra capaz de amarse, de amar a los suyos y al resto de la personas.

Sólo a los padres les corresponde el ejercicio próximo de esas responsabilidades. Las autoridades públicas y los organismos intermedios tienen también un papel insustituible para asistir en la educación. Al Estado le corresponde designar el marco general de la Educación y el control para que vayan los niños y jóvenes alcanzando los niveles de conocimiento y los comportamientos acordes a su edad. Las autoridades son un complemento esencial de la actividad primaria, insustituible e indelegable de los padres para el crecimiento completo y armónico de sus hijos.

Además el derecho de los padres a que sus hijos reciban la educación acorde con su fe o sus creencias es una garantía de progreso de esos hijos en la sociedad. Por eso lo consagró la Constitución. Es lógico: la misma sociedad se hace rica con esa diversidad libre. El gobierno que intente arrebatar o menoscabar ese derecho paternal para sustituir a los progenitores en su derecho comete un acto de tiranía de consecuencias ya conocidas en los regímenes totalitarios como el comunista de la Unión Soviética, Corea del Norte, Venezuela o Cuba. No son propiedad, por eso no pueden empaquetarse en un sólo modelo de educación dirigida por el Estado.

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Y ahora los padres. Cada uno podríamos hacer la lista de prioridades. Pensar dónde queremos que lleguen los niños cuando tengan treinta o más años. Cuáles son los elementos del mundo visible e invisible que deseamos valoren como los mejores. Qué afectos, qué desarrollo según la capacidad y disposición de cada uno.

Hecho lo anterior, lo último  – no en importancia – es ver qué estamos haciendo en el plano familiar, social y de elección política. ¿Qué ven? ¿Qué leen? ¿Cómo tratan a los demás? ¿Qué cariño, qué respeto guardan a sus hermanas y hermanos, a su madre  y a los abuelos? ¿Les escuchamos uno a uno? ¿Tenemos actividades en común? No me alargo. Pero la presencia de papá y mamá en el cosmos de un hijo, de una hija tiene una fuerza que entiendo que algunos quieran expropiar. Entiendo pero no comparto. Es convicción y escarmiento en cabeza ajena.

Termino; una amable lectora madre de familia numerosa a la que he pedido su opinión sobre la chocante afirmación de la ministra – “los hijos no son propiedad de los padres” – dice que la ministra debió decir que los hijos son una hipoteca para los padres.

Luego, sonriendo desde su condición de abuela, ha añadido que son una hipoteca que no se termina de pagar nunca. Lo sé, tiene siempre presente, como tantas madres, a cada una de sus hijas y a su hijo.

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Idea fuente: una reflexión sobre si lo hijos pueden ser objeto de propiedad

Música que escucho: Father And Son, Cat Stevens (1970)

José Ángel Domínguez Calatayud

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