Una comunicación de calidad

En otra vida en la que me ocupaba de tareas de comunicación para una transnacional trabajamos a fuego la Calidad. Era una empresa industrial con fábricas en muchos países. Hoy está presente en cuatro continente con una larga lista de centros de producción. Se abrazó a Japón al poco de que su novia sueca de aquellos años le dejara plantada ante al altar. Oí los comentarios de directivos. Leí sus notas de prensa de entonces que difundí oportunamente.

Hoy,  pasadas décadas de la ruptura, me hace pensar que una fusión que fracasa ha tenido una relación dudosamente leal  con dos conceptos: Calidad y  Comunicación.

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En aquella magnífica empresa, que me acogió durante una larga vida laboral, llegó a existir después una buena sintonía con Japón. La industria nipona era en aquellos años puntera en Sistemas de Calidad.

De esa época es la consigna “no aceptes, no hagas y no entregues ningún producto defectuoso”, inscrita en un management “Cliente-Proveedor”. En síntesis, en los procesos – y se ve muy bien en las cadenas de producción – cada uno es Cliente del anterior en el proceso y Proveedor para el que le sigue. Hay una grado de justicia que nos permite no tolerar algo mal hecho. Hay también un cierto respeto a uno mismo que obliga noblemente a no pactar con la chapuza. Debe haber, al fin, una alta reverencia hacia el destinatario de nuestro trabajo que nos hace humildes de cara a él, tenerlo como señor y no poner en sus manos una pieza que le causará daño, suciedad, disgusto y, en caso extremo,  sacará lo peor de él.

La cultura oriental del trabajo hecho con perfección es milenaria. Enmarca una acción ciudadana – civil, quiero decir – venerable, ejemplo de una senda que eleva al hombre a la altura de la contemplación.

Esto que hemos aprendido para llegar a la Calidad Total en la industria de lo físico es perfectamente repetible en la “industria” de lo inmaterial.

Aquel aborto de una prometedora operación de fusión corporativa tengo que para mí que no se produjo por aspectos monetarios o severas dificultades organizativas. Fracasó por egos y nacionalismos, por olvidar al hombre y la mujer como protagonistas todos de una unión, si no idílica, sí apasionante y fructífera. Siempre la mujer, siempre el hombre: siempre comprender que es compartir, que es comunicar. Vivir en común lo que para ser común – fascinantemente propio de los dos – se diseñó. Lástima.

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En manos de todos está, porque comunicamos todo el rato, no aceptar, no elaborar y no entregar contenidos defectuosos.

La calidad de nuestros mensajes, de nuestras informaciones; las ofertas de noticias, amistad, amor, diversión o espectáculos en cuyos procesos participemos nos hacen protagonistas de la calidad de las personas. No hay obsesión, pero sí reverencia cuando enviamos un whatsapp, subimos una foto a Instagram, hablamos por teléfono, miramos un rostro, recordamos una persona querida, escribimos un artículo o una ópera.

¿Reverencia? Sí por venir de quien viene y por dirigirse a quien se dirige: a mujeres y hombres. ¡Hay, fuera de lo divino, algo más reverenciable sobre tierra!

Idea fuente: nostalgia de reverencia al acto de comunicar.

Música que escucho: Passenger, Sandstorm (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

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