Cómo comunicarnos entre nosotros

La zoosemiótica es la rama de la biosemiótica que estudia los métodos que usan los animales para comunicarse entre sí (Wikipedia). Pues si lo dice la popular enciclopedia, así será.

Y, sin embargo, tengo para mí que ese “comunicarse los animales entre sí”, no es lo mismo que comunicarse los humanos entre sí. No digo que no me guste, ojo, sino que lo siento como expresión lírica con la fuerza de sólo una bella metáfora.

Photo by Mihai Surdu on Unsplash

Otra web  (Experto Animal) nos cuenta que “existen diferentes tipos de comunicación entre animales según el tipo de señal que se transmite. Estas pueden ser visuales, químicas (hormonales), táctiles, auditivas o, incluso, eléctricas”. Me he conmovido por la carga poética con la que pueden ser interpretadas estas realidades.

Por ejemplo, la “comunicación eléctrica”, debe ser como esas uñas figuradas que nos salen cuando nos habla un irritado adversario. O como ese estremecimiento que pone el vello de punta a la persona enamorada con sólo oír, por la electrónica del móvil, la casi olvidada voz de la amada, del amado.

Muchos ejemplos de zoosemiótica suministrados por la citada página son bien majos y nos evocan algunas situaciones muy próximas: así es “el caso de simios como el chimpancé que se acicalan unos a otros, quitándose los parásitos. Dicho comportamiento les permite afianzar su relación”. ¿A que se imaginan la devoción que nos suscitaría una persona que nos desparasitara de chupópteros, gorrones e insaciables predadores fiscales? En un altar la pondríamos, en un altar.

Pero ,¿hay un lenguaje animal? Pues la metáfora nos dice que sí; ahí están los distintos tonos del chillido del cercopiteco verde (Cercopithecus aethiops)  para dar toque de alarma ante la presencia amenazante del guepardo u otra fiera.

También tenemos el siempre llamativo y especial lenguaje del apareamiento. Es el caso muy curioso del “ave de lira (Menura novaehollandiae) que imita el sonido de otras especies de aves e, incluso, otros sonidos presentes en la naturaleza, como puede ser una motosierra (sic). Además, durante su ritual de apareamiento, el macho golpea ramas de plantas con su pata. Así, marca el ritmo de su canción y del excéntrico baile con el que impresiona a las hembras”. Confieso que, en mi juventud, en algún guateque he visto algún lechuguino de mi pandilla hacer en la pista de baile escorzos e imposibles cabriolas más excéntricas que las del ave de lira con tal de captar la atención de la pija de turno que no le miraba ni los zapatos. Eran, es cierto, tiempos duros para hallar la pareja ideal.

Ave de lira

Como recordarán los lectores de mi otro blog, el de golf, ya conté que mi prima Margarita, la más bella criatura, y yo, como animales humanos civilizados, inventamos para nuestras conversaciones íntimas un lenguaje que partía en dos las palabras: una mitad en español y la otra en otro idioma (inglés, francés, italiano) y así evitar los radares de tía Alicia y de otros curiosos elementos de la muy amplia familia. Todavía hoy me conmuevo hasta el pico cuando oigo o veo alguna de esas palabras. Hasta aquí puedo escribir: manda la intimidad.

Éramos jóvenes y quizá un poco cabras, (yo más bien pato y ella cisne) y por eso, llenos de juventud y cariño, teníamos esta y otras costumbres algo zoosemióticas.

Nos entendíamos hasta el alma, sin llegar a golpear ramas con las patas.

Idea fuente: hoy he leído dos palabras escritas por mi prima

Música que escucho: Man gave Name to All the Animals, Bob Dylan (1979)

José Ángel Domínguez Calatayud

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