El tatuaje de una balada

En un periódico local leo una entrevista. El protagonista es Alex O’Dogherty, actor y músico. Ama el humor. Su familia viajó “de la isla Esmeralda a la Isla del León”. O sea, de Irlanda a Cádiz. De eso hace mucho. Todo el tiempo transcurrido desde 1790. En un momento de la simpática conversación se cuela un frase: “me tatúo como el de la película de ‘Memento’, para acordarme de las cosas y que no se me olviden”. (“Si no te gusta mi humor, vete”, Juan de la Huerga, Diario de Sevilla, 17/02/2020).

Ya hemos escrito el otro día de la memoria y de sus borrados nocturnos. Con Alex y con “Memento” descubrimos las “memorias externas” y el código de su cifrado, negro sobre piel. Un tatuaje para no olvidar.

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También en la piel del corazón, imborrables, hay, más que tatuajes, surcos grabados con el esmeril de la música. Conozco personas que comparten esa experiencia y que parodiando a Alex podrían decir: “me tatúo baladas en el corazón para acordarme de las cosas que nunca se me van a olvidar”.

Así es: hay rostros, abrazos y lágrimas que con tinta color pasión, color dolor o color afecto surcaron la fina piel del corazón cabalgando a lomos de una yegua llamada balada. Y dejaron en clave el sello que hace sonreír o llorar nada más empezar a sonar. Así en mí. Así con media docena de baladas. En otros será un rock, una canción indi, un concierto de Tschaikowsky o una sevillana.

No hace falta sino escuchar los primeros acordes para sentir cómo se abren las puertas a un lago inolvidable, a una sonrisa de blancos dientes maravillosos o al sonido de la palabra adiós en un andén de la última estación.

Que haya estudios científicos sobre este fenómeno – que los hay – importa. Pero es interesante destacar la fuerza positiva de esta memoria externa para mantener vivo lo que de una manera inconsciente nunca, nunca vamos a olvidar.

Haremos más intensos los recuerdos, casi hasta darles una forma cercana a la que tuvieron. Pero, sobre todo, logramos mantenerlos ardientes para sentirnos vivos, fuertes, capaces y leales con nosotros.

Me preguntaste, amiga del alma, cuál era mi canción preferida. No tarde en responderte. No me extrañó que me dijeras “también es la mía”. Es una balada entresacada del Canon de Pachelbel, pieza ahora muy escuchada, pero que cuando se tatuó en mi corazón no sonaba tanto. Y nos conmueve porque, lo sabemos, fue cemento en Re mayor que, arquitectos de nuestras biografías, pusimos como mezcla líquida para cohesionar todas las piedras.

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La erosión, los movimientos telúricos, el aire levantado por el tren de lo que se fue han devorado algunas de estas piedras y al mirarlas vemos  en carne viva – cristal y anhelos – la mezcla que compusimos. Entonces tiembla, alma, que también para esto existes.

Idea fuente: frase de Alex O’Dogherty sobre los tatuajes. Y la existencia del alma

Música que escucho: Canon, Johann Pachelbel. Berliner Philharmoniker Orchestra dirigida por Herbert von Karajan (1978)

José Ángel Domínguez Calatayud

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