La despedida (Regalo de siete relatos: II)

Iba terminando el verano. Ellos eran de los últimos. Dos sujetos que habían dejado las vacaciones para septiembre, cuando todos se hallaban ya de vuelta.

La olas se habían vestido de otoño, es decir, de espuma marina, viento y añoranzas.

Se conocieron el segundo día del mes en la cercana cafetería, junto a una casi desierta playa bajo el cielo trémulo y templado. Y una brisa salobre. Él tomaba un despreocupado café. Ella un zumo de naranja.

Photo by Blaz Photo on Unsplash

El viento que entraba por la ventana abierta hizo volar el alargado marcador de cartulina que le servía a ella de señal en la gruesa novela que se había llevado a la playa. Haciendo volutas jónicas el marcador fue a parar cerca de él. Se apresuró a cazarlo y, al dirigir su cara al lugar de donde venía, su mirada tropezó con los ojos de su propietaria. Eran unos enormes y preciosos ojos que le dejaron en suspenso un mínimo pero suficiente instante. Ella también quedó capturada por el rostro de él, pero lo simuló a la perfección mientras le agradecía la devolución del marcador.

.- Ah! gracias – dijo dominando un tanto el entusiasmo -. Qué viento, ¿verdad?

.- Terrible,  ciertamente – respondió  él con un deje de ironía -, o no tanto.

Después un saludo cortés. Y después, nada. Pasaron tres días sin más historias.

Al cuarto día, Fátima casi se da de bruces con Isidoro en una esquina del pueblo, justo al lado del supermercado donde había comprado lo que faltaba en su cocina.

Oh! – dijo en su más largo discurso de esa mañana –: es usted.

Doble “oh” – dijo él con un amplia sonrisa -: uno por usted y otro por mí.

.- Pero… ¿Es usted el autor de la…

.- … novela que usted leía en el chiringuito? – término él la frase -. Sí, el mismo.

.- Podías habérmelo dicho – continuó ella, pasando al tuteo.

Él, como si no se hubiera dado cuenta del confiado cambio, respondió.

.- Jajajaja,  me pareció inmodestia frente a ti.

La conversación siguió hasta la casa de ella. Isidoro le acompañó llevando la bolsa y el peso de la conversación, bien ligera entre el azoramiento de ella y un toque de cortesía de él.

Quedaron en la playa esa mañana. Quedaron en la playa las siguientes mañanas. Y los mediodías comiendo juntos. Y las tardes… Y los ojos que fueron clavándose más y más allí donde se acunan los primeros sentimientos. Un día de un atardecer prodigioso junto al batir de la olas en el puerto, los cabellos canos de él se enredaron en los rubios de ella. Y las mejillas pegadas. Cosas de amor. Cosas de un septiembre que quedó entrelazado con una música de Handel que el aire llevaba con aromas de aguas salvajes.

Sólo el que cumple condena ama la última noche. Era 29 de septiembre. Y ni el sol quería irse. Honda la soledad del mar no cabía en el mundo. Más difícil el momento ni Fátima ni Isidoro querían imaginarlo. Pero lo sabían, que es peor que imaginar.

Ni el sol quería irse

.- Nos veremos – dijo él sin creérselo –. Madrid y  Sevilla están ya a un paso.

.- Nuestros pasos… – dijo ella poniendo su minúscula mano dentro de la de él -, nuestros pasos no son de invierno. ¿Por qué es difícil vivir?

.- Son de vuelo alto nuestras vidas. Estoy seguro de que hay un cielo para los dos en la tierra. Lo habitaremos.- dejó caer. Luego un beso.  Y dos espaldas que se miran.

Idea fuente: La despedida que rasga corazones

Música que escucho: Suite en D Menor HWV 437 (Sarabande) G. F. Handel.

José Ángel Domínguez Calatayud

Etiquetas: , .

Los comentarios están cerrados.