La luz fuera de los ojos

Voy a llamarla Lucía. Fue el domingo cuando la encontré. Fui como otros domingos a comprar la prensa a la tiendecita de siempre. Es una tienda linda, donde los niños compran chuches y los demás revistas y periódicos. Hay cuadernos, plumas, sobres, bolis, pequeños regalos y esas cosas de oficina que te faltan cuando no puedes ir a buscar lejos de casa. Una cierta tienda de un cierto desavío.

Photo by Kat Coffe on Unsplash

El día se pausaba templado con un matinal sol de invierno que te ponía una capa de calor suave.

Por la acera se acercaba una joven empujando una silla de ruedas donde se sentaba una señora mayor. La joven  me preguntó en acento de un país hispanoamericano si aquella era la tiendecita de chuches. Se lo confirmé.

.- Vamos a comprar palomitas – dijo dirigiéndose a la mujer de la silla más que a mí.

Cuando intenté ayudar con la puerta para que entrara la silla de ruedas enseguida vimos que no cabía. La joven entró, mientras yo me quedaba fuera al cuidado de silla y señora. Era una mujer distinguida, a la que el paso de los años le prestó arrugas pero no se las hizo pagar en la firmeza de la piel y la belleza serena de un rostro impasible. Una manta ligera de cuadros sobre el halda abrigaba y tapaba sus piernas. El vestido era un camisero de color indefinido. Era definitivamente un mujer sencilla; elegante como su silencio en todo este rato.

.- ¿Usted quién es? – me preguntó con un suavísimo acento que hacía juego con su digna presencia y con su mirada dirigida lejos de mí desde su gafas oscuras.

Cuando le dije mi nombre ella me dijo el suyo.

.- Yo me llamo Lucía.

Por romper el silencio que se producía cada vez, le dije que enseguida vendrían con las palomitas. No pareció hacerme mucho caso mientras pasaban lo segundos que se hacían largos. Volvió su gafas de sol hacia donde estaba yo y añadió.

.- Soy ciega.

“¡Cómo no lo había adivinado yo!” me reproché. Repuesto de la sorpresa le pregunté si hacía mucho tiempo.

.- Sí, hace años – respondió sin ningún acento dramático o de autocompasión. Y me dijo más -: son los años sin luz.

.- O de otra luz – se me ocurrió, y al instante me arrepentí de lo que me pareció una arrojada ocurrencia que un desconocido no debía verter en los oídos de una ciega.

Sin embargo Lucía pareció animada cuando coincidió conmigo.

.- Lleva razón, caballero: “otra luz” – comenzó y, tanteando hasta tocar y presionar dulcemente mi brazo, continuó sin parar -: sí, vivo ya en la luz de los años en que mi corazón latía con la luz de aquel que se fue antes que mi visión. Tengo la ayuda que ha visto. Pero me arde un fuego que ilumina mis días y las solas cosas que me importan. Las llevo dentro: he amado todo; las veo, las huelo y las tocan los dedos de mi alma. Señor dígame: ¿a que tiene ojos el corazón?

.- Los tiene – le respondí, acariciando su mano. Llegó la joven y me despedí con una lágrima, que Lucía debió notar. Yo sí lo vi en un guiño cómplice de su comisura.

Idea fuente: una dama ciega y su acento al decir “he amado todo”.

Música que escucho: “Ho amato tutto, Tosca (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

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2 respuestas a La luz fuera de los ojos

  1. Javier dijo:

    Genial relato, José Ángel

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