Han pasado los días (Regalo de siete relatos: V)

Se han ido todos. Llorando está Fátima en su estudio de diseñadora de interiores. Dos son los motivos de sus lágrimas. Uno profesional y otro sentimental. Tiene urgencia en encontrar un trabajador “todo terreno” para la parte más práctica de su trabajo. Pero aunque sabe lo que necesita, no es cosa que se arregla con un anuncio. Siente algo que le da puntillazos de agobio en la cabeza.

«La Rotonda», Hotel Westing Palace (Madrid)

Pero peor que clavos en la cabeza, son espinas en el corazón. Desde aquel mes increíblemente maravilloso de final de verano, no ha visto más que una vez a Isidoro, su hombre de septiembre. Fue un almuerzo en el hotel Palace Madrid. Ella había acudido a la capital para ver cosas en la “Feria de la Decoración: Casa Decor”.

Al volver a Sevilla después de los días de amor en la playa, tuvo la intuición de que aquello no era más que eso: un amor de verano. Pero al contemplar sus ojos al otro lado de la mesa, mientras le escuchaba bajo la espléndida cúpula de cristal del hotel, en un ambiente atractivo y casi silencioso, su corazón le estaba diciendo que no podría vivir el resto de sus días lejos de aquel hombre. Su imagen permanecía latiendo donde guardamos los rostros de nuestros inolvidables. Y para colmo estaba guapísimo y elegante.

Ahora Isidoro, muchas semanas después – ¿siete?, ¿ocho? – de ese fugaz encuentro madrileño no llama ni responde a las llamadas.

Se han ido todos. Fátima llora con sentimientos de impotencia, rabia y frustración. ¡Ella!, que nunca pierde el ánimo. Lo de la ayuda al trabajo “sabe” que lo acabará resolviendo. Es cuestión de acudir a sus contactos. Pero, “Isidoro –  se pregunta en voz alta en la soledad de su estudio -, Isidoro, ¿qué te pasa? ¿Fue falso todo: playa, olas, palabras, besos, Madrid?”.

Le ha puesto varios mensajes por Whatsapp y ni siquiera se ilumina la tilde de que el mensaje ha sido recibido. Se animó a llamarle desde su móvil y una voz metálica da siempre la misma monótona respuesta: “el teléfono móvil al que llama está apagado o fuera de cobertura”.

Han pasado los días. Fátima toma la decisión: se olvidaría. “Cuando no es, no es, y punto”. Con cierto aire orgulloso, se levanta, se seca las lágrimas y después de poner un poco de orden en su mesa, va a apagar luces y marchar cuando suena el timbre.

Abre. Casi se queda en el sitio. Bajo el arco de la puerta está en persona Isidoro, con una rosa roja.

Recuperada de la sorpresa, a Fátima le queda un toque de dignidad y distinción.

Ahora le correspondía a Isidoro derrumbar las murallas: después de dos meses de oscuridad una sola rosa es fuego insuficiente frente al hielo del honor herido.

Photo by Rodion Kutsaev on Unsplash

Pero bastaron las explicaciones que, en atropellada síntesis, le da: que había perdido del móvil. Que el número nunca lo había aprendido: estaba en la agenda bajo el nombre “Fátima”. Que tampoco había hecho copia de seguridad. Un horror para él, que había estado dos meses fuera (Nueva York y Londres), promocionando la traducción del libro de la playa y terminando su siguiente novela. Le mostró la dedicatoria: “A Fátima, bajo las notas de un atardecer de mar y Handel”.

En la cena en el “Mi patria” entre lágrimas y risas ella le hizo aprenderse el número. Volver es más tierno que verse por primera vez.

Idea fuente: un reencuentro  con el número en el “Mi patria”

Música que escucho: Motherland, Natalie Merchant

José Ángel Domínguez Calatayud

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