Matías, mendigo de arte (Regalo de siete relatos: IV)

Sofía jugaba en el jardín de aquel pequeño parque, paso muy transitado camino del centro de la ciudad ahora casi enteramente peatonalizado. Era temprano. Un sol templado y el viento del Este permitían estar al aire libre. Sofía se había montado veinte veces en el tobogán y se había columpiado incontables simulando ser una estrella fugaz.

Photo by Noah Silliman on Unsplash

Su madre, Irene, ojeaba una revista en un soleado banco. Ajetreados viandantes dirigían sus pasos a oficinas, bancos y tiendas. Un par de jubilados de paso suave, detenían un instante su lenta marcha para hablarse. Luego en silencio reanudaban el camino. El quiosco de la esquina Norte repartía prensa y chuches.

La niña, saciadas la primeras energías, se plantó junto a Matías.

Era Matías un pobre relativamente joven. Se ganaba la vida – en el supuesto de que aquello fuera ganancia – mendigando y ofreciendo a cambio flores, molinillos de viento y otras piezas hechas con el metal de latas de bebidas. Una muestra de sus obras artesanales se extendía delante de él. Eran geniales margaritas color coca cola, claveles de imposible color naranja,cajitas, coches multicolor con sus ruedas y todo. También, junto a los molinillos de viento girando con la brisa matutina, había hasta un biplano – quizás un Gloster Gladiator – con su hélice de dos brazos: una pieza bien singular. A lado del “muestrario”, una caja de puros estaba abierta con unas monedas puestas como señuelo comercial por el propio Matías. El conjunto lo completaban la caja con los alicates y un perro de agua español cuyo pelo rizado, con el tiempo, había llegado a formar cordelillos.

En un instante en que Matías se había dado la vuelta hacia su mochila, el perro inició una carrera ladrando hacia otro perro. El mendigo no tuvo tiempo de reaccionar, pero sí Sofía que salvó al can de ser atropellado por un veloz patinete eléctrico. Irene y el mendigo corrieron hacia el lugar en socorro de la niña y del perro. Dos rasguños en las rodillas eran todos los daños en ella. En el perro unos ojos de susto y un gesto de incomprensión hacia los humanos.

.- Perdón – musitó Matías;  y como justificación añadió –:  nunca se va de mi lado.

.- Debería llevarlo con una correa – le espetó Irene algo nerviosa.

Y acabó el incidente. Pero la madre sí se percató de dos cosas: la limpieza del mendigo y un impactante destello de humilde esperanza en el fondo de la mirada. Ella sabía comprender esa luz: Irene era viuda; su marido murió del corazón luchando por un trabajo en la crisis. Antes de marcharse, Matías le regaló a Sofía una de sus cajitas del metal de con algo dentro.

.- Me la dio una vez un chica que me amó. Le prometí  que la cuidaría. Creo que tenerla tú es cuidarla: tu dulce y audaz gesto de hoy es como el amor que ella me tuvo. Tú – añadió – ha sido hoy ella misma. No la abras hasta que estés en casa. ¿Me lo prometes?

.- Sí.- respondió Sofía, sin entender nada y con ganas terribles de ver en su interior.

Y en el interior – lo vio en casa – había una piedrecita, un canto rodado con una minúscula hoja engastada en una cara: una hoja de culantrillo de pozo, helecho de la familia Adiantum.

Sofía no sabía el significado del canto y la hoja, pero sí Irene, que conocía el origen. Le dio un vuelco el corazón. Volvió de inmediato al parque con Sofía, pero el pobre no estaba ya. Y no apareció en los días siguientes.

Idea fuente: somos una caja con un mensaje de alegría en el interior.

Música que escucho: All I Have to Do Is Dream, The Every Brothers

José Ángel Domínguez  Calatayud

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