Niña con Muñeco (Regalo de siete relatos: I)

Serían las cuatro de la tarde cuando Cira entraba en el parque. No le había costado alcanzarlo desde su casa; había entrado desde la calle Máximo Aguirre y se fue directamente al fondo sola. Y sola es una palabra que definía muy bien su actual estado de ánimo. La otra era enfado. Había vuelto a discutir con Alejo: “pedazo cabezota”, pensó para sí. Y cuanto lo quería. “Pero ahora no: que se fastidie”.

El parque como refugio

Primero la discusión que había provocado la separación; después, que él la acompañara en silencio a su portal, puro esqueleto externo de una galantería convencional, y, de remate, que ella se fuera al parque eran en sí un monumento a la estupidez.

Un retraso de ella – apenas un cuarto de hora – en la puerta de la tienda de  discos de la Plaza de Moyúa, esa era la tonta causa de un nuevo desencuentro dentro del encuentro.

Tenía Cira la sensación de que era la enésima vez que discutían entre los dos por una tontería. Es verdad que se había retrasado, pero él tenía que entender que los horarios – con la familia  y tantas cosas que atender en casa – no eran fáciles para acomodar al minuto

Lejos de Cira, Alejo se reconcomía en su casa, bastante confuso con la situación creada. “Tampoco ha sido tanto tiempo” le decía el ángel bueno. “Tiene que aprender que las tres y media son las tres y media y no las tres cuarenta y cinco; ¿dónde llegara en el futuro si no ponemos pie en pared?” le instigaba el ángel malo. Tenía la mente fundida en negro y seguía irritado. Más irritado por estar irritado y por perder otra tarde con su amada. “Ya no se si la quiero”, se dijo sin creerse mucho este pensamiento.

Ella en el parque, consumía un paquete de cacahuetes que acababa de comprarse en el puestecito cerca de la fuente. Sentada en un banco vio venir a una tata con una niña de rubias trenzas que llevaba un muñeco. Parecían no tener prisa al pasar junto a ella. Eso le permitió ver que el muñeco era como un guiñol, con una agujero en la parte de atrás, por donde la niña había introducido su mano lo que le permitía mover las manos y accionar los brazos.

.- Te he dicho mil veces que no te escapes – le decían las trenzas rubias a su muñeco que volvía su cara a la de la niña y la inclinaba en un gesto de humilde aceptación.

.- ¿Lo entiendes, Bruno? – persistía la niña ante la mirada atónita de Cira – Yo no podría vivir sin ti. ¡Dónde iría! Sin ti no sé que nombre tendría el mañana.

El muñeco, guiado por la mano de la niña, se apretó temblando contra el pecho de ella como si el futuro, ese mañana que ella acababa de apuntar, fuera el gélido lugar donde no caben las ilusiones, los amores y el fuego que sentía en su corazón de trapo.

Fuego en su corazón

Cira no hizo ningún ruido con su paquete de cacahuetes. Temía romper la magia, hecha de cristales como diamantes, del castillo de ternura que muñeco y niña habitaban ahora. La niña y el muñeco se alejaron en silencio. Ella se fue a casa y marcó el número teléfono que nunca antes había marcado.

.- Nos vemos, Alejo – dijo con cierto temblor r cuando él descolgó el auricular

.- Sí. Voy – dijo escueto  y cabezota el joven.

Idea fuente: siete cuentos para siete días de felicitación. Niña con muñeco

Música que escucho: Poupée de cire, poupée de son, France Gall (1965)

José Ángel Domínguez Calatayud

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