Nos hicimos el uno al otro (Regalo de siete relatos: III)

Recuerdo nuestros principios. Apenas eras tú un chorro helado surgido de la tierra. Yo una piedra arisca pero graciosa. Presumías de tu alcurnia – “procedo de un glaciar” -; no lo niegues en este ahora tan último. Yo, por no ser menos, te recordé en alguna ocasión mi origen aristocrático: noventa y siete por ciento de sílice y dureza de grado 9 en la escala de Mohs.

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Sí, mi río, compañero del alma y tortura de mis aristas, lo recuerdo ahora cuando mi saltarina vida acaba en el limo del fondo. Fondo que no me dará ya forma, sino la compañía de salmones, barbos, cangrejos y mis congéneres que no te habrán amado como yo.

Te digo esto último porque siento que aprecio en mi pétrea alma el dolor que tu fuerte corriente de aquellos primeros kilómetros me produjo. Me hiciste golpearme con todo. Cada choque, lo sabes, me amputaba una esquina blanca o gris.

Sé ahora que no era por mala intención. Era lo natural. Como tantas cosas naturales fue algo brutal, casi cruel. ¡Cuán implacable eres, madre Naturaleza!

Tardé en comprender que aquellos choques me estaban dando la forma de ovalada redondez que puedes acariciar y que me acomoda a tu liquidez suave.

No era mala intención. Tú seguías tú camino, tu carrera montaña abajo. Hemos acabado queriéndonos como dos locos: mendiga de ternura yo y mendigo de belleza tú. No me digas que no, río de mi vida, río de mi alma.

No, amada piedra pulida, no te digo que no. Bien lo sabe todo mi trayecto abajo hacia “el mar que es el morir”. Lo sabes: no permití que ni una ola mía dejara de tenerte en sus sueños. Pero la vida nos ha dado estos papeles. A ti esa dureza que ya no tiene puntas hirientes. A mí el ahogo en mi mismo por no perderte. Bajé atropelladamente en mi juventud, mansamente en esta madurez de volver a contemplarte.

No sabes, piedra hermosa, cómo arde mi liquido corazón al recordar lo que tus cantos me alegraban los días y las noches. Cuánto lloré la música de tus impactos con otras rocas. Siempre a ti y a mí nos acompañó la música. Mi rugido en los tiempos de las cumbres. Tus saludos desde mi fondo y los días de lluvia. Truenos de tormentas. Y las lágrimas. Las gotas de lluvia y las lágrimas son lo mismo. Pero también risas que asombraban a ranas y peces.

Ya voy llegando al mar. Algo de tu sílice brilla en mi espuma. No podré llevarte en mi seno. Déjame que inserte en tu piel de piedra como un tatuaje esta hojita de musgo. Te dará una exótica belleza y te dirá al oído que, aunque fundidas en las saladas del mar, mis arrugadas aguas dulces te recordarán siempre. Y tú tendrás esa hojita verde como un hijo de nuestra apasionada vida juntos.

.- No hay motivo para llorar. Somos los que somos porque nos hicimos el uno al otro?: yo alegre con la alegría de tus metales.

.- Y yo pulida como diamante abrazada a mi hoja de de musgo.

Idea fuente: nos hacemos con quien nos hace y con quien hacemos

Música que escucho: River Flows in you, Yiruma (2001)

José Ángel Domínguez Calatayud

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