Recordarás (Regalo de siete relatos: VII)

.- ¿Te acuerdas del idioma que nos inventamos? – le preguntaba Cira a Alejo.

El hombre estaba más cerca de los setenta que de los sesenta. Ella era algo menor. Fueron los primeros novios. Eso pensaban ellos, porque para ellos era verdad. Novios y vecinos en aquella ciudad del norte de España hace un montón de años, a esa edad en que acababan de ser niños y el mundo entero era ella para él y él para ella. ¿Quién necesita horizontes cuando en el fondo de los ojos que te miran se intuye el infinito?

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.- ¿Que si me acuerdo? Nunca dejé de escribir en “nuestro idioma” mis notas confidenciales. Es mi clave – fue la respuesta de Alejo.

Luego, como si aún siguieran siendo niños porfiaron a ver quien se sabía más palabras de aquella clave. Se volvieron a mirar con especial coincidencia: los ojos hablan lo que los labios habrían de callar.

Este encuentro sucedía estos días de final de invierno, en una cafetería de un pueblo en un nevado cantón de Suiza.

El primer momento de ese reencuentro ninguno de los dos lo olvidaría. El lugar exacto era la barra de aquella cafetería de la aldea. Fue antes el aroma que la luz. La colonia que él llevaba era la misma que cuando tenia diecisiete años. Nunca la cambió. Cira, gran olfato, la olió y giró la cabeza. Una columna se interponía. Alejo no era especialmente intuitivo, mas en ese momento, por algo que nunca después supo definir, hizo un movimiento de desenfilada y quedó cara a cara a pocos centímetros de Cira.

A ella las piernas le temblaron y se le redoblaban los latidos del corazón. A él le faltó el aire. Se les había olvidado hablar, pero no mirarse emocionados a la cara. Cuando se repusieron de la sorpresa ella se alisó el pelo que estaba perfectamente y él se subió los pantalones que nunca habían perdido altura. Gestos mecánicos para ganar tiempo y calibrar la posición relativa de cada uno. “¿Qué dirá ella?” “¿Qué digo yo?” No estuvo plenamente recuperada la confianza o la armonía hasta que después de unos eternos segundos se cogieron de las manos en señal de confianza, de que el pasado de dolor de la ruptura era eso: pasado.

Tantas cosas en común, el ochenta por ciento sueños de estar viviendo juntos en una casa de una lago formando una familia, se pusieron de pie en la memoria. Otras, como pudieron comprobar, el río del tiempo las había arrastrado al mar del olvido.

Intentaban sentados con un café caliente la difícil, imposible tarea de recomponer con las teselas de recuerdos – fragmentos de aquel amor intenso -, recomponer el mosaico de lo que soñaron pegados el uno al otro hace muchas décadas. Terrible experiencia pues lo que a Cira no se le olvidaba, una rosa roja, Alejo no lo recordaba. Y a la inversa: él le contaba cuando coincidieron en un concierto y cómo, pese a los años separados, se buscaron la mirada con ojos de complicidad cuando sonó Handel (Sarabande).

.- Y ¿aquella piedra con una hoja incrustada? – preguntó Cira.

.- Sí la recuerdo. No la tengo ya. Bueno, se la di a un amigo de Sevilla que estaba en dificultades. Se me ocurrió que si a mí, que recé con ella apretada, en la mano me ayudó, le podría ayudar a él – respondió Alejo, temiendo disgustarla.

.- Ya – suspiró Cira, luego como si un estremecimiento le hubiera recorrido la médula con memorias dijo sin más -: fue hermoso; muy muy hermoso.

.- Lo fue – respondió él; luego algo arrepentido de su lacónica respuesta le preguntó-:- ¿has venido con los tuyos?

.- No dijo ella – mirándole más intensamente. Y, como si esperase algo radiante añadió -: con unas amigas; se han ido a hacer esquí alpino, pero a mí, como sabes, me basta el trineo: otro día a las pistas.

.- Entonces, te voy a enseñar algo, si te parece.

-. ¿Qué?

.- Ya verás.

Pagó la cuenta y montaron en el coche de él. Condujo media hora montaña arriba sobre el asfalto por una hermosa carretera estrecha flanqueada de blanca nieve. Al volver de una curva ella la vio y casi se hecha a llorar.

El redujo la velocidad para poder apreciar lo que se ofrecía a la vista: un valle chico con pinos que iban apoderándose de las laderas en verde oscuro, casi azul. En el centro un lago que ella le pareció una fantasía de hermosura. Y al fondo una sola pequeña casa de madera.

Alejo condujo por el sendero de la orilla hasta la casa del lago. Nada más bajar ella le preguntó:

.- ¿Es tuya esta casa?

.- ¡Qué más quisiera! Hice de intermediario en la compra para un amigo mío que no viene nunca. Me permitió equiparla y yo vengo un tiempo todos los años para llenar los pulmones y recordar… – dejó caer él.

.- Pero si es como la que, en aquella época, pensamos…

.- … “para nosotros” – Alejo terminó la frase. Luego se hizo el silencio. Hubiera añadido “para nosotros hubiera sido, pero no lo es; ni lo será”, pero no quiso romper el momento mágico.

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Terminaron ante el fuego de la chimenea escuchando en Spotify una playlist de canciones cuajadas de memoria. Cuando terminada la tarde salieron, dos estrellas con una luz especial les miraron con cierta piedad infantil.

Idea fuente: Una casa, parte de un sueño roto. Aunque los sueños son irrompibles

Música que escucho: I Can’t Stop Loving You, Ray Charles (1962)

José Ángel Domínguez Calatayud

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