Comunicar en tiempos del virus

Vivimos días que recuerdan la novela “El amor en tiempos del cólera” de Gabriel García Márquez (1985): “El amor se hace más grande y noble en la calamidad”.

Otros recordarán algo de la película del mismo título dirigida por Mike Newell (2007): “Descubrí para mi alegría que es la vida, no la muerte, la que no tiene límites”.

El amor en los tiempos del cólera

Se han desatado los horrores porque la muerte ha adelantado sus fronteras. Está más cerca, se ha anexionado metros, precaria posesión de mujeres y hombres. Dolor, miedo y muerte han tomado pueblos enteros llamados Convivencia, Trato, Roce, Cortesía, Querer y Amor. Ahora sólo son un platónico sueño encadenado a mascarillas, presencia cero, cierre de bocas y manos que ni enguantadas ni enjabonadas son ya libres.

Y la ciudad llamada Verdad ha sido en esta guerra del virus – porque es un guerra  – la primera víctima, atacada por los obuses de mensajes confusos, por las bombas-racimo de los bulos en redes sociales, por el napalm de desinformación que quema la piel de los espíritus humanos y, finalmente, por el más dañino fuego: la cobardía del silencio. No han hecho siquiera caso a alguien que sabía de esto, Winston Churchill: “en tiempos de guerra la verdad es tan preciosa que debería ser protegida por un guardaespaldas de las mentiras”. Ahora beben de su propio veneno. Están en un dilema.

Los dirigentes sociales que estaban llamados a actuar sufren el dilema. Apenas se recitan para sí el shakesperiano “Ser o no ser: he ahí el dilema.”

Para entender qué pasa y cómo actuar, podrían seguir con el monólogo de Hamlet (Acto III, escena 1) y a lo mejor dan con la clave.  «Ser o no ser: he ahí el dilema. ¿Qué es más noble: sufrir en el ánimo los golpes y flechazos de la insultante Fortuna, o alzarse en armas contra un mar de agitaciones, y, enfrentándose con ellas, acabarlas?… … Esa es una consumación piadosamente deseable: morir, dormir; dormir, tal vez soñar: sí, ahí está el problema, pues tiene que preocuparnos qué sueños podrán llegar en ese sueño de muerte…»

Vivimos días de incertidumbre, en los que se ha perdido la confianza como fruto de la hartura de anteriores embustes, de la frivolidad partidaria, de la madurada inconsciencia acerca del respeto – ¿me atreveré a decir amor? – que merece cada persona.

Una tal visión la conocemos; basta desempolvarla y mirar cómo nos guardaban la espalda – y aún la guardan si viven – las personas que amamos y que nos amaron. Entonces sabremos y disfrutaremos de algo olvidado en una antiguo santuario del corazón: no es la carne es la persona la que merece veneración.

Photo by Mukil Menon on Unsplash

Veneración. Palabra que no nos parece ni caduca, ni pasada de moda si cada uno se pone en el lugar del doliente. “Estoy enfermo y sufro – podemos decirnos y ahí postrados preguntarnos – ¿qué espero del otro, de la otra?”. Pues  que recuerde aquel libro: “Le enseñó lo único que tenía que aprender para el amor: que a la vida no la enseña nadie”. Si, me atrevo a hablar de amor.

Idea fuente: a la persona humana miedo la comunicación ha de ser veneración

Música que escucho: 4º Movimiento* de la Sinfonía nº 6 (Patética). Tchaikovski. Karajan

José Ángel Domínguez Calatayud

*El 4º movimiento, un «adagio lamentoso» presenta la lucha entre la Existencia y la Nada. Acaso premonición: una semana después del estreno – 28 de octubre de 1893 – el compositor moría en San Petersburgo durante una epidemia de cólera.

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