Convalece: soledad y serenidad

Soledad y serenidad

Recuerdo a Alejo en sus meses de obligado aislamiento por mandato médico. Y me acuerdo ahora por dos motivos: uno el coronavirus y, otro, una entrevista a Nuria Espert que he leído hoy.

Photo by Samuel Austin on Unsplash

Comienzo este texto en un AVE con destino Sevilla – con parada en Córdoba (el tren, no yo) -. Vengo de Madrid después de una jornada fantástica de trabajo sobre medios audiovisuales. Hago este comentario por el primer motivo: el coronavirus. Me ha interesado contemplar la actitud de la gente. Los medios capitalinos traen a primera página la noticia del cierre, ordenado por la autoridad autonómica, de los centros de ocio para mayores.

Y, sin embargo, veo en general a mis madrileños razonablemente serenos. No sé que procesión llevan por dentro, en el caso de que lleven alguna, pero externamente no se aprecian cambios de comportamiento. Toman café con churros a mano – a manojos en algún caso -. Compran el periódico. Pasean a los niños camino de El Retiro. Miran calles. Se dejan acariciar por el sol y por la propietaria de los ojitos azules que ahora van a tu lado. Se besan. Cantan al sábado y le bailan con sus tacones sin más preocupaciones que dejar pasar el plácido domingo camino del estresante lunes. Madrid administra bien los descansos y los trabajos.

Esto es en general, pero me vale. Me vale no ver mascarillas y ver sonrisas; me vale la ausencia en tierra de escafandras y la llamativa presencia de peñas, familias y grupos. En este mismo vagón, a mi lado hay unos forofos siguiendo por ordenador en apretada intimidad el partido del Aleti.

Esa serenidad es una noticia que apuntar en la agenda.

Otra, menos relacionada con la enfermedad, es de una artista de 85 años, que sería edad de riesgo, pero no lo es en la vitalista joven que los luce: Nuria Espert que en un momento de la entrevista que le he leído, y tras las dificultades padecidas por encargarse de la dirección de una ópera en Londres hace años, declara: “me puse enferma, directamente, de soledad, también de inseguridad, porque no se debe comenzar algo arrancando desde arriba del todo”.

Terrible esa asoladora soledad, esa incertidumbre devastadora de energías ante un virus o ante un horizonte que no cabe en los ojos de quien amamos. Alejo, a quien evocaba al principio en su obligado aislamiento físico nunca lo sintió. Yo pensaba que era porque podía recibir cortas visitas a distancia en aquellos meses, pero el habló de otra cosa o, al menos de otra dimensión. Me citó a Madre Teresa: “La pobreza más terrible es la soledad y la sensación de no ser amado”. Después de unos segundos añadió: “nunca entonces, en las semanas que pasé sin apenas ver nadie, me sentí pobre; al contrario, gozaba y me recreaba en saber que los latidos de mi corazón volaban con los latidos de otro que batía sus alas. Desde entonces quise no dejar solo a nadie, querido amigo”.

Si no hay  de serenidad se deberá a la soledad y falta de amor concreto.

Son las 17:36 de la tarde y el tren hace parada en Córdoba. Me repito las palabras de Alejo “No dejar solo a nadie”. No es lo mismo distancia que soledad. No es lo mismo no ver que no sentir.

Idea fuente: la soledad y la serenidad de los convalecientes.

Música que escucho: Alone, Nana Mouskouri (1997)

José Ángel Domínguez Calatayud

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