Estraperlo, asco y bien común

 Humberto Eco dejó escrita una frase que describe con acierto la España actual: “Quando entra in gioco il possesso delle cose terrene, è difficile che gli uomini ragionino secondo giustizia”.

No sólo se pierde la capacidad de “razonar según justicia”, se pierde casi toda proporción. Los bricks de leche barridos de los estantes del supermercado; la góndola de yogures con sólo dos desnatados; y ni pizca de pasta, café o carne. Un estado de incipiente alarma ha sido suficiente para desatar los demonios del «primero yo y el que venga detrás que arree».

Un asco de listos que corren llenando el carro hasta de productos congelados. ¿Qué tamaño tienen sus congeladores? ¿Tendrán el volumen de sus avaricia? ¿Cuántas natillas puede comerse esa criatura en quince días? Si se come todas las que ha arramblado le da una obstrucción intestinal.

La cadena tan repugnante debió empezar con algún rumor asqueroso no meditado sobre desabastecimiento. Después algo de temor. Más tarde, un comentario de una vecina y asoma el morado rostro del pavor. El pavor coge del brazo al egoísmo – “tonto el último” – y se enciende el espíritu del estraperlo.

El nombre de estraperlo nació en España, de unión de los apellidos del empresario  holandés Daniel Strauss y de Joaquim Perle que, en tiempos de la II República,  untaron a conspicuos miembros del Partido Radical Republicano (Lerroux) y a otras personas para conseguir el difícil permiso de una ruleta en Sebastián.

La ruleta tenía un mecanismo accionado por un timbre que podía detener la bola en la casilla que se quisiera y hacer ganar así muchas pesetas a la banca. Este fraudulento juego llamado estraperlo era pura ganancia injusta.

Terminada la Guerra Civil, meses de pobreza y escasez, vino a consagrar el término para definir un tipo de conducta delictiva consistente en traficar con la necesidad y la miseria. Ello llevaba a acaparar bienes de primera necesidad; así dejaban a muchas familias sin ellos y a otros a pagar precios desorbitados.

Hoy al ver un vídeo enviado por internet he sentido ganas de vomitar ante imágenes de carros de “súper” con literalmente una montaña de rollos de papel higiénico.

¿Qué pensamiento, qué razonamiento habría en esa cabeza? Ninguno; sólo el que “no nos farte de ná”. Menos el papel del váter. Sólo, que “soy el más listo y el segundo es el primero de todos los tontos”.

Vuelvo a casa después de hacer lo poco que he podido de la corta compra semanal. He hecho inspección ocular de la superficie comercial; he conversado con Raúl, empleado de la zona de jamón, que confirma mi impresión: Atila habría dejado algo más que estos madrugadores (“mire usted, antes de abrir la cola ya daba la vuelta a la manzana”) acaparadores aprovechados.

Nuestra nación está pasando de nuevo por una calamidad. Y nos toca únicamente la altruista mirada de conformarnos con menos de lo que nos conformábamos en términos de consumo, de acceso a los recursos y de ir donde queramos y cuando queramos.

Esa generosidad es posible porque es necesaria. El bien común no son dos palabras separables y de adorno. No hay duda: nos debemos a los demás para ser dignos.

Idea fuente: el furor de comprar pensando sólo en uno mismo

Música que escucho: Me Colé en una Fiesta, Mecano (1982)

José Ángel Domínguez Calatayud

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