Saludando a un desconocido

Entré en la panadería. Un grupo de seis o siete parroquianos esperaban en paz su turno. Nada más sentir la puerta se volvieron y todos dijeron: “buenos días”. Algo sorprendido devolví el saludo: “buenos días”.

Esto ocurrió hace muchos tiempo. Tenía unos quince años. Y la cabeza en una chica de mi pueblo y no en paisanos de otro. Había ido con unos cuantos compañeros a los Picos de Europa. Eran las vacaciones de Navidad. Mi pueblo era una ciudad. En la ciudad no se saluda más que al que se conoce. En aquel entonces, si venía acompañado de un desconocido, en cuestión de décimas segundos se repasaba la pinta del nuevo sujeto: prenda de abrigo, chaleco, pantalón y zapatos, sobre todo zapatos. Todo para ver si era de los “nuestros”. El saludo no faltaba, lo de ser inclusivo no estaba tan desarrollado.

Por eso mi timidez en la panadería de Potes, ese era el pueblo, cuando fui saludado por aquellas personas. Hubo también repaso a mi pinta, pero menos intenso. Al fin y a la postre la cuestión era meramente binaria: del pueblo o de ciudad. Y mi aspecto era más urbano que el de un semáforo. Típico excursionista dispuesto a caminar por nieve de montaña.

Panadería La Tahona (Potes)

Potes era maravilloso entonces. No he vuelto. No sé si esa bella costumbre del saludo matutino sigue practicándose. Supongo que sí. Su dimensión es parecida: la población actual es de 1.350 personas. Apenas 200 más que entonces.

Conocerse previamente es una ventaja para emitir el saludo. En Potes las familias se conocían y no sonaba raro darse lo buenos días y las buenas noches. Lo raro era no saludar.

Supongo que adquirido ese hábito de buena educación resulta más fácil ejercerlo con el forastero. Eso ocurre no sólo en este pueblo donde el Quiviesa desemboca en el río Deva, sino en todos los pueblos de España. Quizás del mundo.

En un supermercado de Bilbao, Córdoba, Madrid o Sevilla, ni por asomo se saluda a la concurrencia. A lo más, pero no siempre, hay personas que saludan a la cajera.

De todo esto me he acordado en mi fugaz salida del confinamiento para comprar el periódico y el pan. En la panadería sólo había un cliente (en la ciudad hay clientes no parroquianos) al que no le he dicho ni miau. A la vuelta me he cruzado con un blindado de la  Unidad Militar de Emergencia (UME), que tampoco me ha saludado (ni falta que me hacía) y con tres o cuatro personas. Ninguna me ha dirigido ni una corta mirada siquiera para mirar mis zapatos Georges Leather Lace Up Formal de invierno.

Únicamente el penúltimo caballero, un perfectamente desconocido y elegante señor, me ha mirado como debía mirar un galeote a otro mientras el cómitre estaba a otras cosas. Y con la misma camaradería cómplice me ha dicho sonriente mientras nos cruzábamos: “buenos días”.

Con igual atolondramiento que en la panadería de Potes, en la desierta calle he respondido emocionado. Luego cada uno ha seguido su camino.

Lo de las palmas y vítores a las 20:00 horas es una gran iniciativa. Lo de dar los buenos días al «amigo» desconocido me conmueve.

Photo by Ekaterina Kasimova on Unsplash

Buenas tardes, mis amigas lectoras, mis amigos lectores. Un abrazo del alma para vos que me lees.

Idea fuente: un saludo inesperado

Música que escucho Our Song, Willie Nelson (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

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