Voy a decirte una cosa: te echo en falta

Todavía hoy notabas su falta. Como cada mañana, después de comprar el periódico, has ido por pan. Tus pasos han cogido un camino que no es el más directo. No necesariamente equivocado. Por ahí sólo hay unos veinte metros más. No, no es camino errado, pero no es el que te toca andar en pleno confinamiento. Tus pies, con la mente en piloto automático, te llevaban a la cafetería de siempre. Te faltaban el café y las otras personas.

Photo by Camille Brodard on Unsplash

Voy a decirte una cosa: echas de menos. Sí, echas en falta a tus amigos que trabajaban ahí: Miguel, Miriam, Carlos, Javier, Jérôme… Tus pies pensaban así mismo en los que acuden a la cafetería a la misma hora que tú. Y también, en ese camino a la panadería tú cuerpo advertía que no tendrías los dos cafés calientes y la tostada de aceite y jamón. Pero, ya te digo: tú no eras consciente de ese echar de menos.

Han pasado los días y no hemos enterrado definitivamente en el olvido tantas cosas satisfactorias. Como cuando dejaste de fumar. Años  después – pero años -, con los ojos fijos en el ordenador trabajando en tu escritorio, tu mano derecha buscaba el paquete de Marlboro que hacía mucho tiempo que ya no estaba. ¿Síndrome de abstinencia? Podría ser.

Igual te pasó en los primeros días después de terminar aquel trabajo. Como un acto reflejo abrías el teléfono móvil esperando unas decenas de mensajes. La mente había vuelto a ponerte un trampantojo: acababas finalmente comprobando que nadie te buscaba; ni un alma requería de ti una respuesta urgente a una cuestión sobre la que no tendrías ya respuesta. ¿Síndrome de workalcoholic? Un poco, sí.

Las costumbres, los hábitos y, aun más, las adicciones generan estas reacciones.

Sé de lo que hablo porque hablé con ella y me contó que con una foto envejecida por alguna esquina, aun lo mira. Lo mira y exclama: “voy a decirte una cosa: te echo en falta”.

Por eso te lo digo, amigo. Todo  reverbera un eco ahora, en tu casa, ante un insoslayable encierro en el que notas sólo ausencias.

Es un tiempo sin final visible. Como el de aquel verano de tierra por medio, de sueños por medio, de inacabados proyectos. Tenemos todo el tiempo del mundo y sin embargo el tiempo es cero, si así lo quisiste. Esos significan ahora los días: nada. Sí, son nada salvo que los llenemos de valor cada uno para afrontar y enfrentar un futuro de horizontes rotos. Echar de menos es la cara; la cruz es dolor de ausencia. No entiendo por qué, pero ausencia es en tantos casos presencia.

Me decía hace dos semanas el fisio que el dolor no lo tenía en el hombro. Yo hubiera jurado que sí.

.- No; el dolor sólo está en el cerebro, como esos soldados a los que se les ha amputado la pierna y, después de unos días les duele ese miembro que ya no tienen.

Photo by Darshan Patel on Unsplash

Ausencia es presencia cuando ha dejado su huella en el corazón. “Voy a decirte una cosa: te echo en falta”, respondías, pero ya nadie te escuchaba. Estabas solo y aislado. ¿O estabas más acompañado?

Idea fuente: La mente nos trae, sin que se lo pidamos, lo que perdimos

Música que escucho: We Have all The Time in the World, Louis Armstrong (1969)

José Ángel Domínguez Calatayud

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