Profundo reencuentro

Habían quedado el lunes, primer día en que se permitía ir a cafeterías después del confinamiento. Querían verse a la hora del aperitivo, cuando todavía, pensaban, no estaría lleno. Un primer día de cualquier cosa tenía en esa ciudad novelera mucho peligro.

El encuentro tenía su particularidad. Ramón y Juan, pese a vivir en al misma ciudad no se veían desde que dejaron el Colegio. Y ahora, el loco dinamismo de las redes, le llevó a contactar, en un grupo de whatsapp que un compañero había montado con los de la clase.

El grupo era entretenido, con algunas aportaciones de Luis el erudito de la clase. Tampoco faltaban los chistes del de siempre, Xisto, que llenaba de emoticonos la pantalla. Y, por supuesto las historias se salpicaban de duras críticas a la impericia gubernamental para gestionar la crisis del coronavirus.

A Ramón le fueron gustando más los comentarios de Juan por su sólida documentación pero, sobretodo, por su sobria ecuanimidad. No agredía a ningún protagonista; separaba la persona de la idea; procuraba ponerse en la postura del que decía algo que para él no era de recibo – “¿por qué habrá dicho eso?”; “¿qué experiencia le habría llevado a esa posición?” -.

Por eso, enseguida empezó a tener conversaciones “por privado”, es decir de tú a tú , fuera del grupo.

Le parecía a Juan,  y también a Ramón, que la vulgaridad, la superficialidad y hasta la difamación estaban empezando a colmatar las redes y hasta alguna prensa. También era cierto que la noticias no daban más de sí, preñadas de cifras, estadísticas y futuros más pluscuamimperfectos cuanto más ahondaban en promesas que generaban incertidumbres, no para cosas a hacer el próximo siglo, sino el día siguiente: “¿podré acompañar a papá al médico mañana?”

Ya era lunes. Ya era la hora del aperitivo. Ramón y Juan se saludaron con un efusivo choque de codos. La divertida sonrisa en la cara de ambos revelaba que apenas reconocía uno los rasgos del otro.

Pero la mirada no engaña. La quietud de las pupilas ancladas en las del amigo firmaban, reafirmaban la amistad profunda, la de tener en común no sólo un pasado, sino un feliz encuentro de presente.

Con unas cervezas por delante, charlaron el tiempo que estaba permitido y dejaron en el tintero chorros de buena ideas que querían perdurar para vivirlas con otros amigos.

Muerte, dolor, ansiedad, inseguridad y parciales pérdidas de libertad había sido la trágica cosecha padecida, pero ambos amigos estaban dispuestos a que gran parte de ese escenario nunca más levantase el telón.

La vida – coincidieron  – es para el encuentro. El encuentro tiene que ser para hacernos mejores.

Idea fuente: la belleza práctica del encuentro con el amigo

Música que escucho: Heavenly Day, Patty Griffin (2007)

José Ángel Domínguez Calatayud

2 respuestas a Profundo reencuentro

  1. Maria dijo:

    Sobre todo, locución adverbial.
    Sobretodo, abrigo

  2. José Ángel dijo:

    Gracias, María. Corrijo

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