Las meninas en la calle: el arte de comunicar con arte

Se exhibe en Madrid una muestra llamada Madrid Meninas Gallery compuesta por 80 reproducciones de una misma escultura. Todas han sido personalizadas, “customizadas”; unas pocas por el impulsor de la muestra Antonio Azzato, otras por diferentes artistas a los que se ha sumado un nutrido elenco de celebridades Agatha Ruíz de la Prada, Nieves Álvarez, Alejandro Sanz, los cocineros Torres, Carlos Baute, Eugenia Martínez Irujo, Laura Ponte, Vicky Martín Berrocal o el torero Enrique Ponce, entre otros.

Las 80 piezas de la colección (180 cms. de alto, 160 de alto y 30 kilos cada una) están distribuidas por la ciudad y el paseante en Corte puede sorprenderse con alguna de ellas al doblar cualquier esquina o al llegar a aquel otro rincón.

La figura es una interpretación – recreación – de una las dos meninas que aparecen en el famoso cuadro Las Meninas de Velázquez. Se trata, en concreto, de la que figura a la derecha del óleo cerca de la luminosa imagen de la infanta Margarita.

Es la menina Isabel de Velasco, fácilmente identificable por el gesto, las proporciones y la postura de brazos en dulce vertical caída, aunque esta intervención nos la muestra erguida y no con la elegante inclinación de servicio con que la pintó Velázquez.

Nuevamente la comunicación es el tema central de esta iniciativa. El arte a la vista de todos. La imagen al servicio de la imaginación y de la personalidad de una ciudad. El pasado que se reviste de presente. Y el transeúnte queda interpelado por tantas expresiones diferentes para una misma identidad original.

También nos sirve para señalar un fenómeno que ocurre de vez en cuando. Unos personajes, secundarios en origen, saltan al primer plano. El primer nombre del cuadro según el inventario del Alcázar de 1666 es “Retrato de la señora emperatriz con sus damas y una enana”; en el siglo XVIII se le conoce como “La familia del Señor rey Phelipe Quarto”. Es en el catálogo del Museo del Prado (1843) redactado por Pedro de Madrazo donde aparece por primera vez el nombre que lo haría universalmente conocido: “Las meninas”.

Las meninas

Menino – del portugués “mi niño” – es un pajecito de la Corte, hijo de algún noble, que entra al servicio para poca cosa. Así que el proceso de “naming” del cuadro ha puesto de relieve – cosas de la Historia que siguen ocurriendo hoy – el valor de lo que en principio carecía de estima.

Ante los ojos actuales la preciosa figura rubia de la infanta Margarita, sobre la que se vierte un amplio haz de luz, queda oscurecida por estas meninas que la atienden, una sirviéndole agua – María Agustina Sarmiento -, la otra, la que nos ocupa, Isabel de Velasco expectante.

La dinastía de los Habsburgo se extinguiría poco después en España con el último de sus reyes, Carlos II. También moriría Isabel de Velasco en 1659, tres años después de posar para el cuadro. Pero la dinastía de las meninas de este mundo perdura.

Perdura como arte en está síntesis extendida ahora por las calles de Madrid. Y perdura en una realidad que nos concierne: no somos secundarios a condición de que sepamos servir de primera.

Quizás haya algo de encuentro del “yo” más íntimo personal en quienes han ilustrado, a su manera, la figura de amplios guardainfantes, sobre estructura de alambre, que abomba la basquiña de Isabel de Velasco, la menina que asombra a Madrid. Encontrarse a uno mismo es el comienzo de ser especialmente útil.

Menina y creatividad

Pienso que, sin pretenderlo, la paleta del artista sevillano dio color con pinceles vivos a la perenne verdad de que el valor – el valor que vale, si me permiten el pleonasmo – es aquel que, oculto o manifiesto, inspira a otros, anima al que flaquea o asiste aun en lo básico al que lo necesita, grande o pequeño.

No es poca cosa saberse menino.

Idea fuente: A la vista de dos fotografías de la serie Madrid Meninas Gallery

Música que escucho: Find Yourself, Brad Paisley (2006)

José Ángel Domínguez Calatayud

 

 

 

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