Felicitaciones, modo de empleo

He estado bajo tratamiento fisioterapéutico. Nada grave, gracias. Una lesión en el hombro izquierdo que no cura todo lo rápido que mi impaciencia y mi swing demandan. Los huesos no son lo que eran. Sé que suena a tópico, pero es cierto: cualquier hueso pasado fue mejor.

El fisioterapeuta es un buen profesional, pero es posible que en la cárcel haya personas condenadas por malos tratos que hicieron menos daño que él. Gran persona, paciente, encima debo darle las gracias. Aúpa.

Frecuentemente, en algunas de sus maniobras me dice que le avise si me duele. ¡Hombre, siendo de Bilbao uno no va a decir que le duele!, ¿no?, pensaba yo. Él pareció leer mi mente y me advirtió:

.- No vayas a hacerte el fortachón – me dijo -; dime si te duele y cómo es el dolor de 1 a 10.

Uno es de Bilbao, pero dócil con el personal sanitario. Así que cuando llevaba mi brazo a cierta altura yo le decía: “Molesta como dos”, (o cuatro o cinco).

Enseguida se percató, no es difícil, que no trabajo en el Circo del Sol, así que siempre pude pararle antes del número seis.

Y ahora paso a lo de las felicitaciones. Pienso que hay una escala en el modo de emplear el gesto, recurrente por estas fechas, de felicitar a otras personas. Hay personas que felicitan en grado uno y otras que lo hacen en grado nueve o diez.

El asunto tiene, como en la medida del dolor, un alto porcentaje de subjetividad: cada uno tiene un umbral diferente del dolor y de la expresión del afecto.

Pero no cabe duda de que el desear felicidad a otra personas se mueve desde el simple uso de una convención social hasta la manifestación de hondo sentido de amor. Dentro de esa horquilla se mueven la cortesía ciudadana, el trato entre compadres, la camaradería, la fraternidad, el recuerdo del trabajo en común, la ternura familiar, el vivo deseo de abrazar al amigo del alma y la puesta a disposición del otro o la otra de todo el arsenal de los mejores deseos: el amor desprendido.

Lo primero que se me ocurre es que, por principio, siempre es mejor felicitar que abstenerse. No es hipócrita hacerlo sin sentirlo, porque al menos se estimula un bien para uno, para el otro, para la sociedad. Un bien que emerge pleno con sólo pronunciarlo de algún modo.

Luego, finalmente, está la panoplia de armas de felicitar: reenviar un whatsapp; escribir un mensaje; unirse al mensaje del grupo de chat; enviar christmas con texto pre impreso; redactar de puño y letra la felicitación; llamar por teléfono; citarse para compartir un café o una cerveza; o el “vuelve a casa por Navidad”, abrazo incluido. Mirarse con afecto y deseo de lo mejor…

Cada uno puede poner el grado – uno, dos tres, cuatro… – de proximidad que transmiten estas armas de estima: ¿es igual un simple reenvío de un whatsapp gracioso que los minutos juntos de dedicación al otro?

No existe la máquina que mide el dolor; tampoco la que mide la sinceridad de la muestra de cariño. El corazón sabe. El corazón puede. La voluntad debe.

Idea fuente: la medición de los deseos expresados.

Música que escucho: When I Need a Friend, Coldplay (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Dulces en el puente

En una vida anterior me correspondió negociar con sindicatos diversos temas. El calendario laboral y sus puentes no era de uno de los más escabrosos. Pero tenía sus dificultades y provocó alguna de los momentos estelares de aquella relaciones laborales.

Escribo a 6 de diciembre, fiesta nacional de la Constitución Española y a dos día del 8 en que se celebra la solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Esta última data en España del año 1640; la del día 6 comenzó a celebrarse en 1979.

Entonces, con ocasión de esas negociaciones, se producía una divertida esgrima entre el autor de estas líneas y un corajudo delegado sindical de Comisiones Obreras. El asunto era meramente semántico. Cada vez que el sindicalista – puro corazón, ¡eh! – se refería al puente lo hacía llamándolo “puente de la Constitución”. Cuando yo estaba en uso de la palabra lo llamaba “puente de la Inmaculada”. El sindicalista insistía muy democrático “…porque para el puente de la Constitución”. Yo replicaba, “de acuerdo entonces con el puente de la Inmaculada”. Ninguno de los dos cedía, pero ni la sangre llegó al Guadalquivir, ni se perdió el respeto. El que él me tenía y el que yo le profesaba.

Pasaba como con tantas cosas en la vida que, siendo la misma, uno las ve convexas, mientras el otro, del lado de enfrente, las ve cóncavas. ¡Qué habrá sido de él!

Bueno, pues hoy que comienza el Puente de la Inmaculada, recordando aquellas negociaciones, creo haber aprendido una lección de pragmatismo y sentido común de las monjas de los conventos de clausura de la Archidiócesis.

Desde este día de la Constitución, durante todo su puente y hasta el 9 de diciembre, esta abierta en los Reales Alcázares la exposición y venta de dulces elaborados por estas mujeres que rezan y trabajan (ora et labora). Las monjas no pierden el tiempo en discusiones sobre el nombre de un puente: le ponen sabor a dulzura, cariño de fogón y aromas de la tierra andaluza.

Son veintitrés los conventos que acuden a esta cita anual que se organiza por gente de la calle, amables señoras bajo la batuta de Claudia Hernández. El número no es corto, como no lo es la generosidad que mueve a las familias a acudir. Es devoción a un estado que de todos se acuerda en su plegaria y que ofrece su trabajo, dulce donde los haya.

Me enseñaron, algún día lo aprenderé, que no hay que enfadarse ante lo que incomoda, que con el limón lo que se hace es limonada. Limonada nada más. Y una sonrisa.

Esa es la lección. Y hoy algo de dulzura: mazapanes (Clarisas de Estepa); Delicias de Almendra (Dominicas de Écija); magdalenas (Mercedarias Descalzas de Marchena); bolas de coco (de las de Osuna); Tortas de Almendra (Franciscanas Clarisas de Morón de la Frontera)…Y así hasta toda geografía local y cientos de especialidades.

Dulces de Convento de Clausura, Reales Alcázares (Sevilla)

Si esas manos humanas hacen dulzor para mostrarlo desde el puente de su callada plegaria, también podrán nuestras mentes, digo yo, tender puentes – sonrisa, simpatía y calor humano – entre las almas.

Hoy es fiesta, pero siempre podemos festejar y celebrar muchas cosas, empezando por la dulzura en el trato. No nos lo dicen pero tenemos cerca personas que lo necesitan. No vamos a poner una exposición de abrazos: basta comunicarse. Comunicar es comprender. Comprender es compartir. Unir.

Idea fuente: atravesando hasta el lado bueno del puente: dulzura.

Música que escucho: “My Sweet Lord, Billy Preston (2002) en el Concert Tribute to George Harrison memorial organizado en el Royal Albert Hall de Londres el 29 de noviembre de 2002 dedicado al cantante y guitarrista de The Beatles en el primer aniversario de su muerte.

José Ángel Domínguez Calatayud

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La luz de la comunicación

Me he encontrado a Alejo, mi amigo de nacimiento. Estaba en una terraza mirando las últimas hojas pardas de un plátanus hispánica; también se le conoce como plátano de sombra. Hoy sin ella, porque tampoco había sol.

.- La sombra – me dijo apenas le saludé – es lo más pegado que tenemos por fuera. Hay personas que son sombra. Más o menos cercana. Más o menos sombra.

Photo by Brandon Wong on Unsplash

Le he dejado continuar; sé por experiencia que le gusta terminar de exponer su pensamiento antes de ser interpelado.

.- Personas sombra nos acompañan muchos días en la vida, muchas horas en el día. Pegado el jefe al empleado; el colega de deporte; el compadre tomando un cerveza; el familiar junto al sofá colorado pasan cerca del adentro nuestro, pero se quedan en la periferia. Ellos y su palabras. Ellos y sus cortesías y sus educadas sonrisas. Son sombra de nuestra figura; están ahí pero no logran acompañar otra cosas que el perfil.

Ya, entiendo – le he dicho sin mucha convicción mientras dejaba el periódico a un lado y daba un sorbo a mi café -:  no es lo mismo estar junto a uno que estar con uno. Parece lo mismo, pero no siempre lo es.

.- Exacto – ha respondido rápido Alejo -; estar con uno es pasar de ser sombra a ser luz. No es que ser sombra de alguien sea malo. Qué va. La sombra cuando no es prolongación de uno es guía de por dónde seguir. He conocido sombras de grandes hombres a los que estaban tan pegados que se hicieron santos juntos. Estar pegados tiene eso. Es sabio aprender a vivir juntos.

De ser sombra a ser luz

.- Pero has dicho “pasar de ser sombra a ser luz”- le recordé, porque me interesaba la idea.

.- La luz da sentido porque es la fuerza que permite ver y comunicarse. Hay personas que nos iluminan y nos fortalecen porque sus palabras, sus manos y sus ojos no se quedaron en el zaguán sino que entraron hasta el alma.

El plátano de sombra dejó caer una hoja palmatífida ancha y nervada que asustó a un vencejo que pasaba por ahí.

Se termino su café, Alejo,  y concluyó su discurso.

.- Busca la alegría. Busca la amistad del alma, la luz que puedes amar con paz y recibir lo luminoso que proyecta. Sí, la luz en tu interior.

.- ¿Y las personas que nos iluminan desde fuera?

.- Tenlas también. Pero primero la otra, para que seas una persona feliz que da alegría. El peligro de la luz exterior es que le des la espalda y al alejarte caminando vayas viendo alargarse tu propia sombra delante de ti. Así, puedes llegar a creerte gigante porque es larga tu sombra, pero en verdad eres pigmeo que pierde poco a poco la luz y con ella el calor.

“La verdadera amistad es como la fosforescencia, resplandece mejor cuando todo ha oscurecido”, Rabindranath Tagore.

La luz del corazón nunca es sombra, es sol en mis ojos.

Idea fuente: de luces y sombras

Música que escucho: Sun In My Life, Sally Oldfied (1979)

José Ángel Domínguez Calatayud

La comunicación: velocidad de crucero

Hay una sevillana que escuché por primera vez en las bodas de plata de una mujer querida. Fue en la campiña del Rocío. Ella me perdonará que no me acuerde de la fecha. Pero sí me acuerdo, del lugar, de la hoguera que templaba el frío de la noche, del rasgar la mano las cuerdas de la guitarra y el sonar de “Tiempo detente”.

El estribillo cálido era el oxímoron del aire: “tiempo detente/que es tan grande el consuelo/que mi alma siente…/¡que duren mis anhelos eternamente!”.

¡Tiempo detente!

El deseo “de que no se acabe nunca el camino”, es piedad, porque es amor de lo que los ojos no ven, pero sí el corazón para el que no hay distancia insalvable. Y es amor, porque es piedad que ensancha el alma hasta las orillas del infinito. Me he acordado de la entrañable fiesta sureña al volver a leer sobre la costumbre que se está introduciendo, y de la que ya escribí, de ver televisión a mayor velocidad (1,5 o x2) de la que está grabada la obra.

La polémica desatada  tiene su origen en la posibilidad ofrecida por Netflix  de ver en móviles Android a mayor velocidad la película “El Irlandés”. Sólo tienen que descargarse la “aplicación Video Speed Controller, una extensión del navegador Chrome de Google” y toman el control sobre la celeridad del visionado.

Video Speed Controller

Y no es sólo que estemos en un tiempo de cambio. Nada de nuevo tiene observar que las cosas no son lo que eran. Sólo el espíritu permanece. El cambio y el tiempo son hermanos siameses nacidos con la Creación para señalar el deterioro de todo espacio y materia surgidos con ellos.

No, no es que la que gente sólo quiera cambios. Es que lo efímero ha ocupado toda pausa, toda reflexión, cualquier contemplación. La quietud aterra. Se huye de lo lento, sea en cine, lectura, teatro, pintura, actividad deportiva o conversación.

La conversación es con pulgares rápidos ante la pantalla. La investigación, como nos hacía ver este mediodía un catedrático, una autoridad de Comunicación, acude y encuentra fuentes en segundos en Internet que tardaría semanas en una biblioteca. Y si puedo hacerlo en segundos no empleo días. Y si puedo enterarme de la trama en una hora no me trago las tres horas y media del film de Martin Scorsese.

Y eso enoja a los creadores de obras: “No, Netflix, no. No me obligues a llamar a todos los directores en la tierra para pelear contigo en esto. Ahórrame ese tiempo perdido. Ganaré pero tomará toneladas de tiempo. No juegues con nuestro tempo. Te damos cosas bonitas. Déjalas como las creamos para que se vean”, grita en su artículo Laurent Carpentier (Ils consomment films et séries légèrement en accéléré : les adeptes « speed watching »”. Le Monde, 05/12/2019).

La polémica con los autores está servida. O no. Podrá el dinero. Sí, en parte. Pero con el canto al tiempo de la piedad y del amor “detente”, puedo hacer de la espera – aquí, de pie – una obra bella, una filigrana artesanal que graba a fuego los minutos eternos que encierra el cariño.

Despacio la copla

Vuelve la música pausada. Vuelve la conversación amable y una tarde lenta que se hizo noche de frías estrellas frente al fuego de tu hoguera: “Perfiles de tu ermita,/mi canto/y al mirarte a los ojos/mi llanto”.

Idea fuente: la velocidad de crucero de la Comunicación

Música que escucho: Right Here Waiting For You, Richard Marx (1989)

José Ángel Domínguez Calatayud

Amable y eficaz funcionario

Hemos oído quejas sobre los funcionarios. Frecuentes críticas. No es raro que sea una generalización descalificadora. Es peligroso generalizar. Aunque puede haber hábitos corporativos en las profesiones, el individuo prevalece ante la cuestión moral. Y, pienso que todos los actos son morales. Hay en ellos bien o hay en ellos mal. También en los tenidos por neutros. Finalmente la pregunta valiosa es si estoy haciendo, diciendo, dejando de hacer, o de decir lo que es correcto.

Photo by Julian Hochgesang on Unsplash

Es la persona la que manda. Su voluntad tiene carnet de piloto:  lo que él elige, por qué lo elige y a qué lo destina es la clave. No es un clave colectiva. Es llave que está en el corazón. Es injusto acusar a todo un enorme grupo, metiendo a todos en el mismo saco: los vascos, los curas, los panaderos, los militares, los americanos, los funcionarios… Seguro que es injusto hasta juzgar, porque en materia de virtudes – valores, las llaman ahora – no conozco a nadie que haya aprobado la oposición a juez. Sólo hay uno.

Esta mañana he tenido que hacer una gestión en la  Delegación de Hacienda con cita previa. Ahora la cita previa es realmente previa a todo. Poco puedes hacer en sitios como Hacienda si previamente no has logrado tu ticket de cita. La práctica se extiende como el cangrejo azul del Delta del Ebro (Hermanos Roca, dixerunt), especie invasora que se han comido los del Calentamiento. Invasora y tenaz que ha entrado en algunos bancos, bastantes hospitales y en ciertos amigos que son literalmente inabordables si tu nombre no está en la agenda. Será más eficiente. Pero va menos con mi carácter. Sobre todo porque no asegura la atención puntual. Tu tiempo no es su tiempo. Sigo pensando que la agenda es para el hombre y no el hombre para la agenda.

Photo by Helloquence on Unsplash

Hoy la cita previa de Hacienda ha funcionado bien, con un tolerable retraso de veinte minutos. Pero lo glorioso es haberme tocado ser atendido en la Mesa 17. (¿Qué tendrá este número, amiga del alma?). En la Mesa 17 estaba un hombre, ni alto ni bajo, ni joven ni viejo, ni triste, ni aburrido, ni hosco, ni “vuelva-usted-mañana”.

Enseguida, gracias a la cita previa, sabía a qué asociación iba representando y, cuando le he expuesto mi problema, con un asentimiento de cabeza ha mostrado que se ponía en mi lugar.

Luego ha sumergido su mirada en la pantalla del ordenador e interpretado con los dedos sobre el teclado una especie de sinfonía de sortilegio – parecía un Richard Clayderman en una copla de melancolía–, para en pocos minutos, casi nada, decirme con un sonrisa que no me preocupara, que el asunto estaba resuelto, que no había deuda alguna que satisfacer. Ha dado otro par de toques de tecla y alargando su mano izquierda hacia la cercana impresora ha recogido y me ha entregado la carta de pago, prueba de libertad económica frente al fisco.

No niego la probabilidad de estar predispuesto a favor del funcionario eficaz y amable por esta circunstancia de respiro fiscal. Y también es información valiosa saber que, nada más llegar, el feliz personaje  me ha revelado que era su último día antes de comenzar vacaciones con su esposa, pues en verano sólo estuvo una semana.

Cuando, en un alarde de servicio, se disponía a darme otros dos documentos eficaces pata la defensa de mis intereses “el sistema se ha caído”. (Tendremos que hablar otro día de esa frase de cinco palabras que tanto daño hace a las mentes analógicas). El caso es que mientras el sistema se “levantaba”, hemos podido intimar. He descubierto una persona abierta, lectora, visitante de exposiciones, viajera, amante de la familia y de un mundo con televisión limpia y gente centrada. Lo dicho: eficaz y amable funcionario. El único poco diligente he sido yo, que no le he preguntado su nombre.

La mesa 17

Volveré, que dijo McArthur. La amistad está muchas veces en volver. Y volver a volver. Construir con cada ladrillo de apertura a otro. Un nuevo ladrillo en el muro cada vez.

Idea fuente: las personas son capaces de pequeños grandes logros.

Música que escucho: Another Brick In The Wall (Part 2), Pink Floyd (1979)José Ángel Domínguez Calatayud

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