Sólo hubo una vez

Repasando cuadernos de notas me he tropezado con un texto anotado en  2012. “Sólo se vive una vez, pero si lo haces bien puede ser suficiente”. La frase es de Mae West, actriz.

Al releerla he pensado un par de cosas. O más. Primero, ¿qué despertó mi interés hasta el extremo de sacar la Moleskine y anotarla? Seguramente estaba en una conferencia y me llamó la atención y quise recordarla más adelante. ¿Por mí? ¿Por otra persona?

No sé si me cogió con las defensas bajas o si estaba echando en falta algo que hacía insuficiente mi vida. Ni idea.

El otro pensamiento se parece a la visión de una árbol cuyas ramas no son todas rectas y uniformes. Así conozco alguna persona que no está satisfecha con la dirección que ha tomado su vida. O, mejor dicho, con los efectos de decisiones tomadas hace años, algunas en una juventud con pasión superior a la razón.

Para ella, para mí, para usted una vida bien hecha (que puede ser suficiente) no puede equivaler a no haberse equivocado nunca, sino a perseguir todavía hoy – cuando todavía hay un “todavía” – hacer ese bien. No en el futuro. Ahora. Hoy se puede perdonar, llamar para decir perdóname. Hoy se puede manifestar compasión, piedad y decir un “te quiero”, al menos por empezar, en el silencio del propio corazón.

El último pensamiento, se refiere al que tendremos justo antes de cerrar los ojos y que, de alguna manera, dirá: “sólo hubo una vez”. No hay partido de vuelta. La vida es una vez. Una vez larga. La vida es la vez que sembró mucho bien y, si hemos entendido la frase, hacerlo va a ser suficiente.

Idea fuente: cuando una vida es suficiente

Música que escucho: Seven Days, Azure Ray (2002)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Ritmo, atención y contemplación

Me hubiera gustado quedarme más tiempo. Ver cada pieza. Sumergirme en las hazañas que la motivaron. Era una mañana festiva y ocho miembros de la familia hemos ido a la exposición El Faraón, la Imagen de Egipto que Caixa Forum exhibe en Torre Sevilla.

Entre los elementos de la exposición había algunos para pararse ante ellos y admirar la forma y bucear en el fondo. Pero la cola de espera primero y la cantidad de gente en el interior después han dejado esta profundidad para otra ocasión. Contemplar, eso era lo que quería hacer.

Se contempla lo que por su belleza o singular significado tiene capacidad para retener la atención: una puesta de sol, el fuego de la chimenea en invierno, la belleza de un rostro, la compostura evocadora de una persona, el propio ser objeto de fe o de amor.

En el mundo audiovisual puede entenderse que una película nos arrebate el corazón y conduzca la mente a quedarse contemplando la pantalla, literalmente sin quitar ojo, por la perfección de la fotografía, por la trepidación de las secuencias, el suspense de la acción o la ingeniosidad de los diálogos.

Pero no,  ya muchos no van a prestar esa calidad excelsa de atención. Nos cuenta Fiona Sturges, escritora de artes especializada en libros, música, podcasting y televisión («Netflix may have found an answer to our ‘too much to watch’ age, The Guardian 02/11/2019) que “Netflix ha estado probando una nueva característica que permite a los usuarios acelerar su visualización sin sacrificar el diálogo… lo que provocó una oleada de furia de los cineastas en las redes sociales”.

De otra parte está la queja, que la propia Fiona pone en evidencia: la producción de películas extremadamente largas; ella alude a la última película de Martin Scorsese, “El Irlandés”, que dura tres horas y media. Comenta con gracia que “a algunos de nosotros nos gusta estar en la cama antes de la medianoche”.

Fotograma de «The Irishman»

El asunto contiene polémica en varios niveles de enredo que enumero sin intención exhaustiva:

  • Sobreoferta de series: nadie puede ver todo lo que querría ver.
  • Aparición de nuevas plataformas (Apple TV+ y Disney+) con las que hay que compartir la tarta.
  • Los hábitos de consumo de audiovisual se parecen a algunos hábitos insanos de consumo gastronómico (comer rápido y en la oficina mientras hablo por Skype).
  • El cambio de referentes sobre la estética atacó a la moda con el feísmo (Ver artículo «Lo feo es bello», Lola Fernández en XL Semanal 29/09/2109) pero es virus mutante y ya inficiona el lenguaje, la música y hasta la amistad. Esto de la estética es especialmente chirriante en los diálogos hiperacelerados que hacen sonar la voces como aquellos discos de vinilo escuchados a mayor revoluciones que la programada. En dos minutos de canción puede provocar una sonrisa, pero ver una película con personajes que hablan como Pato Donald hiperventilado es seguro causa de trastornos neurolingüísticos.
  • Por último, pero más en el fondo, el artículo menciona: “los estudios han demostrado que el habla comprimida en el tiempo conduce a una disminución de la comprensión del oyente”. Comprender es compartir, por eso participar siquiera como espectador de una obra requiere algunos conocimientos básicos de las Humanidades, reclama en algunos casos entender los clásicos y siempre una capacidad de discernimiento, es decir, criterios de belleza, veracidad y bondad de las conductas.

Parece extraño consumir obras audiovisuales con desinterés real sobre el contenido, como cigarrillos, y no contemplar para entretener como descanso o, aún más excelso, para recrearse con la vista de lo digno.

ratos inspiradores

La pregunta final: ¿qué queda en la mente, en el corazón? Quedan, para quien los quiera meter en un tarro azul, ratos viendo películas inspiradoras, el rasgar de una guitarra; el tiempo – mejor tiempo – oyendo estallar las olas en el arrecife de la más bella amistad. La plegaria por quien se fue. Nos quedan los ratos del libro compartido, el compás de los tacones en la  Gran Vía al ritmo de la lluvia sobre el paraguas. La lectura de un mensaje en el autobús. Permanece la mirada admirada de lo amado a la velocidad de un universo detenido mientras abría el regalo de cumpleaños el  día…

El día se fue. También el año. Queda la contemplación.

Idea fuente: Un acelerador de la visualización vs una serena contemplación

Música que escucho: L’amitié, Françoise Hardy (1963)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Lo que dicen los difuntos

No dicen nada. Todo lo callan. Todo lo dijeron en vida. Ya sólo el silencio. Y unas huellas, un aroma, una frase que persisten en los ojos del corazón, en la nariz del alma… en los oídos del recuerdo. Los más antiguos  tan presentes.

Olor a café; olor a tabaco; “no vuelvas tarde”; ¿te has puesto el chaleco?”; “Jesusito de mi vida, eres niño como yo”; la bella sonrisa del reencuentro; un Ángelus, -¡Felicidades! – y brindis porque es Navidad; arroz con leche; la incipiente pérdida de memoria; un coche viejo; y un apretado abrazo aunque no viajabas al Polo Norte, sino a una universidad cercana.

No dicen nada y, sin embargo, resuena la confidencia aquella que te hicieron, como brújula que indica nítida la recta dirección; como clamor son las caricias y concierto sinfónico el ejemplo de sus vidas: portentoso baluarte frente al maremoto que te cogió, traidor, por la espalda. 

Hay nadas llenas de infinito. No se pueden contar las veces que te miraron esos ojos cerrados. No se pueden grabar las palabras de reprensión (seguro que merecidas), ni las de amor, pudorosamente cortas, pero agudas y tiernas hasta perforar la dura veta de tu terca mente. También incontables las noches en vela, preocupados por la enfermedad que sufriste. Y los “¿por dónde andará?” que agitaron sus noches o los pasos ¿perdidos? por el pasillo esperando el sonido del teléfono o el de tu llave en la cancela.

No dicen nada porque ya lo dijeron todo. Y cumplidos los días no era necesaria más vida suya en la tierra, que la flor fue cortada cuando todo el aroma y la belleza llegaron al esplendor. Conocimos ese esplendor que ahora es estrella de misión cumplida.

Padre, hermana, hermano, amigo bueno y ¡madre! abiertas dejáis las puertas a todo lo mejor: no queremos quedarnos en el zaguán esperando retornos imposibles.

La muerte no es algo de risa como se pretende abominablemente. Pero tampoco la siento como portadora de triste desesperanza. Más bien como una oportunidad, una más, para escucharos ahora que nada decís, porque vuestra partida es el canto al “pato apresurado” para que – tú, amiga del alma, y yo, pobre mensajero – nos tiremos al agua a nadar la vida con tantos otros.

Photo by Ben Pattinson on Unsplash

Y si las olas inesperadas, o el  propio despiste, nos arrojan de cabeza y pico a la orilla, no tenemos que mirar buscando vuestra mirada ni esperar a ver qué decís: ya lo sabemos: somos el pato apresurado y nos toca volver al agua y agradecer la bendición de vuestra existencia precisamente aquí en el inmenso lago de vuestra ausencia.

Un privilegio acreedor de una sentida plegaria.

Idea fuente: lo que los difuntos pueden decir.

Música que escucho: Requiem, Vicente Amigo, con Niña Pastori, Arcángel, Miguel Poveda, Rafael de Utrera y Pedro el Granaino (2017)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Momentos sin pantallas

Me doy cuenta de que llego cuando ya se ha hablado mucho de esto: cuáles son las consecuencias de las pantallas en los niños y en los jóvenes. Y en ti y en mi, amiga mía, amigo mío.

Muchos de los que leéis esto y, desde luego quien lo escribe, nacimos analógicos, crecimos con relojes de agujas, escribíamos con lápiz y papel y tuvimos nuestras conversaciones cara a cara o por teléfono, nunca por medios de internet y cortos mensajes como los de las redes sociales.

Sin pantallas

Desde luego hablábamos sin iconos. Aunque en la cabeza bullían las imágenes nacidas de novelas, cine y televisión. Y siempre fantasías traídas de las canciones que marcaron un época.

La llamada Civilización de las Pantallas, verdadero zoco mundial de imágenes, fue primero princesa del Cine, luego la Televisión heredó la corona y en sólo 40 años, con las primeras computadoras personales, las pantallas se han convertido en la multiforme invasión de mensajes e imágenes también omnipresentes: portátiles, televisores, Smartphone, cartelería urbana electrónica, información en salas de espera y hasta en algunos transportes públicos. Todo pantallas.

Es ya un forma de comunicar – o de incomunicar -,  y en todo caso un estilo de vida que no conoce barreras culturales, formativas o de riqueza. Si  se pudiera decir así de crudamente muchas personas son hoy lo que sus pantallas: una fachada que proyecta cosas. Iba a decir pensamientos, pero son muchos los casos en que, absorbidos por las recomendaciones y la novelería de “influencers”, sueltan por esas bocas retazos de tics, frases hechas y, en momentos sublimes, la expresión de algún estado de ánimo.

Pero que levante la mano el que no ha cambiado algún hábito de los irrenunciables, el que ya canta cosas nuevas,  o  se ríe de cosas que le parecieron muy serias. Que levante la mano el que no ha sido joven.

Y con todo eso nuestra mente se formó sin pantallas.

En un concienzudo artículo de Mathilde DamgéEcrans et capacités cognitives, une relation complexe«, Le Monde 28/10/2019) se profundiza en la cuestión de la reducción del coeficiente intelectual de una generación sometida a una exposición a las pantallas. Es para especialistas, desde luego, pero no deja de hacer a alusión al libro de Michel Desmurget que lleva el aparatoso título “La Fabrique du crétin digital. Los peligros de las pantallas para nuestros hijos”.

Photo by Anthony Garand on Unsplash

Aunque, como el artículo reconoce, no hay consenso entre los estudiosos y las muestras de investigaciones son insuficientes, sí hay algunos rastros incipientes de pérdida de coeficiente intelectual por abuso de las pantallas, concomitante con otros hábitos vitales como el sedentarismo. También cuenta lo ficticio de la compañía vía redes, una forma algo sublime de engaño que produce en algunos jóvenes soledad existencial y patologías diversas.

Pero no todo es alarmante, como el propio Michel Desmurget reconoce “»Está claro que el uso recreativo que hoy hacen los jóvenes es debilitante. La cuestión no es suprimirlos, profesionalmente los uso yo mismo en gran medida, sino limitar drásticamente estos consumos debilitantes «.

Las ventajas de la Civilización de las Pantallas se nos muestran claras  – in medio virtus – como en otros avatares de la vida de cada uno. Yo escribo esto digitalmente frente a una pantalla.

Pero no renuncio al gozo de peregrinar a esos lugares interiores  donde la vida tiene respiro, y el recuerdo de una mano amiga.

Cada uno tiene esa alma en su almario para cargar baterías, para sentir que puede lograr no abatirse y ser útil, querer para ser más querido, servir para saborear el señorío amable de la felicidad de la persona próxima.

Que el coeficiente intelectual se reduzca es un drama, pero si apagamos el coeficiente afectivo es una tragedia. Sin la luz del querer nada vale, la vida literalmente desaparece. Sólo queda su máscara. Ese si es el Halloween determinante que nos convertiría en muertos andantes.

Photo by Ales Krivec on Unsplash

Las pantallas amigas nos lo permiten cuando somos capaces de poner hora, lugar e intensidad precisas para lo valioso humano. Como el rayo de luz que  vimos en una casa en donde el sol levanta.

Idea fuente: reducción del coeficiente intelectual por abuso de las pantallas

Música que escucho. The House of the Rising Sun, The Animals (1964)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Competencias obvias obviadas

.- Es una estrella, ¡como yo!- ha dicho la camarera con un gesto teatral al servirnos dos capuccinos.

He tenido una conversación larga, pausada y amigable esta tarde. Mi interlocutor era un joven de 32 años (hoy se es joven a la misma edad que un protagonista de Agatha Christie era un “caballero maduro”).

Mi joven acompañante fundó una empresa en plena crisis. Es consultor, facilitador e impulsor de lo que se dado en llamar en inglés “soft skills”.

Para los que no estén familiarizados con esas palabras que se pueden traducir como “habilidades blandas”, copio una cita de un texto del BBVA: “el término hace referencia a las competencias sociales que sólo se adquieren en la vida diaria y que permiten a las personas integrarse con éxito en los ambientes laborales”.

Habilidades para vivir

Les ahorro hablar de sus oponentes, las hard skills, capacidades duras que básicamente está contenidas en tantos curricula: títulos, másters, etc.

Ni a mi compañero de café ni a mí nos llena el concepto soft skills: No sólo porque recluye en la debilidad competencias que hoy tienen- ¡oh paradoja! –  las personas líderes, sino porque terminarán por dar sana y perdurable vida a un mundo light, reblandecido.

Hemos coincidido que esas soft skills tienen la estructura molecular del Humanismo. Hablar, por tanto, de capacidades humanísticas es más aproximado para definir potenciales como la empatía; la inserción efectiva y afectiva en el propio equipo; el trato asertivo donde se sabe conjugar igualdad esencial con disparidad de funciones; la cortesía; la valentía para aceptar la responsabilidad personal consecuente con la libertad personal; la creatividad en vez del conformismo; la defensa del débil, la amable exigencia al fuerte para que aporte un don que para él es deuda. Y la comunicación de empresa que nace en el cerebro del fundador y debe permanecer íntegra en la dirección toda la vida.

No sé cuántos ingenieros necesita Europa; ni cuántos abogados, amas de casa, fontaneros, profesoras, militares, farmacéuticas o investigadores del genoma humano.

Photo by Josh Calabrese on Unsplash

Pero es fácil llegar a un acuerdo acerca de que la sostenibilidad del planeta y todos los avances técnicos reposan en las fortalezas que sus protagonistas  – todos nosotros – tengamos en lo netamente humano. El peligro está en que esas habilidades acaben siendo competencias obvias obviadas. Descartarlas es marginar lo humano. Y el Hombre es el encargado de velar por la Naturaleza, siendo él mismo Naturaleza.

Si los hombres se dedican a la búsqueda de la sola productividad y la riqueza ocurrirá  lo inesperado: “Esperemos que no encuentren demasiado oro, porque el día que seamos todos los mortales de la tierra millonarios, la humanidad será más pobre que nunca” (“Ensayos del otro mundo”, Ramón J. Sénder, DESTINO, 1970).

Han salido más temas pero éste se me ha quedado para escribir, grabado como el artístico dibujo que flotaba sobre la espuma de mi capuccino.

.- Es una estrella: ¡cómo yo! – ha dicho la camarera con un gesto teatral.

.- ¿Estrella es su oficio o es el nombre? – he preguntado riendo.

.- Jajaja – rió ella – No, me llamo María Auxiliadora.

Photo by Cristian Cristian on Unsplash

La risa amable, oportuna y compartida sí que es una habilidad humana que nos hace fuerte.

La prefiero a muchas cosas. Me acompañó mucho. Y nos hizo fuertes cuando los días eran lluviosos por fuera, difíciles por dentro. La amistad entrañable acompañaba esas risas y sus silencios. Eran tiempos en que los que ahora son amigos del alma tenían puesta la mirada del corazón en proyectos inmensos.

Nos equivocamos si pensamos que bastan habilidades duras para llegar hasta el final. Las personas, tú y yo, estamos más definidos por las metas que nos propusimos alcanzar y lo vivido en ese afán que por llegar hasta allí.

Me quedo con el capuccino compartido, con la charla, con la risa de María Auxiliadora mientras trabaja bien. Me quedo con los sueños que persigo hoy y que mañana compartiré. Lo demás son pamplinas caducas si no tienen alma.

El abrazo de despedida fue siempre un hasta la próxima aventura de cualquier día.

Idea fuente: las habilidades que nos hacen fuertes a nosotros y a los otros

Música que escucho: Right Here Waiting, Richard Marx (1989)

José Ángel Domínguez Calatayud

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