La primera palabra está viva

No se acordaba Cira de cuál fue la primera palabra que dijeron cuando se conocieron. Ni siquiera podría asegurar si fue ella la que habló primero en aquella campa junto al río de un pueblo donde se habían reunido ambas familias. Sí recordaba con cierta seguridad que se entendieron enseguida con los ojos antes que con verbos, sujetos y predicados. También, eran apenas un niños, tenía muy en su mente que hubo largos periodos de obligado silencio. Es doliente el silencio en esos años. El silencio, del primero al último, es un roedor de esperanzas.

¿Cuál fue?

La primera palabra” es el título de un libro de Christine Kenneally (The First Word: The Search for the Origins of Language). Esta investigadora, periodista y divulgadora australiana se adentra en la historia del lenguaje y en sus implicaciones biológicas e históricas.

De su extenso estudio me interesó leer que “las palabras no son sólo etiquetas convenientes para las cosas; más bien, son dispositivos mentales extremadamente poderosos”.

Lo que nos dicen nos modifica. Es en nuestro cerebro donde se hace sitio, sitio activo, lo que escuchamos. Ciertamente hay silencios que nos hacen pensar más, darles más vueltas a su sentido que algunas palabras. Pero, entonces, el silencio viene a ser un tipo de palabra. Es la palabra que no diciendo nada, puede estar alterando nuestro interior de manera condicionante; es silencio que opera como comunicación, Una portentosa comunicación cuando, por lo que sea, desearíamos fuese sustituida por una palabra.

Qué bien lo sabe el joven que hace días pasó una entrevista de trabajo que terminó con un apretón de manos y un “ya le llamaremos”; también el silencio es ahí un roedor de esperanzas.

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Hablaba antes del sitio activo que las palabras ocupan en la mente, porque una palabra, cada palabra no es algo inerte: es viva, es dinámica: produce efectos, incluso imperceptibles en el momento. Una vez en nosotros la primera palabra y las que le sigan serán actrices que intervienen en la comedia que es nuestra vida; las de los whatsapp de ahora, pero más aún las cartas de papel y sobre de siempre.

Que no se nos muera el cartero, como en la canción aquella de Moustaki.

Recuerdo a aquel compañero  de colegio mayor que apretaba el paso para llegar al hall y ver sobre el mueble rústico, entre todas, la carta de aquella chica. Sólo el sobre ya era una palabra, un contenedor de palabras que aventuraba lo inabarcable.

Podemos expresar lo que el pensamiento elabora con los ingredientes que le son manejables: música, artes, sentimientos y las palabras que los explican. Somos verbales. Y aprendemos a callar. Y a decir.

Cómo ha escrito Kenneally, «de hecho, los humanos no hablarán ni producirán lenguaje a menos que se les enseñe a hacerlo, lo que significa que nuestra notable capacidad carece absolutamente de valor si alguien no está allí para proporcionar un modelo sobre cómo usarlo».

La primera palabra del mundo debió ser una palabra surgida de un apasionado sentimiento – ex abundantia cordis os loquetur -; es el corazón que por la boca, como desde las fauces de un volcán, revienta pavores o imperiosas necesidades. Pero bien pudo ser una palabra de amor. Como lo será la última. La primera palabra tendría que haber sido la que será al final: “amor mío”, sonara como sonara en las primitivas gargantas.

Y después van llegando las respuestas y la mutua comprensión, ya que “en su forma más fundamental, el lenguaje es un acto de atención compartida, y sin la disposición fundamentalmente humana de escuchar lo que otra persona dice, el lenguaje no funcionaría».

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La palabra es comunicación; comunicar es compartir: darse y recibir. Plegaria de seres vivos porque compartir es el abrazo de comprender. O, al menos, de querer comprender.

Han pasado los años, serían bastantes para otra persona, pero Cira sigue buscando por los cajones un blanco canto rodado que recogieron de aquel río y que tenía inciso un signo que era un destino, una primera palabra de una primer encuentro.

Idea fuente: la cuestión de cuál fue la primera palabra del mundo: el Little Bang

Música que escucho: Le facteur, Georges Moustaki (1984)

José  Ángel Domínguez Calatayud

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Lo que los sueños significan

Ocurrió en la sala de espera del Hospital. Yo estaba allí por lo del vértigo que conté el otro día. En el lugar, vacío a tan tardía hora, sólo una pareja joven estaba sentada cerca. Parecían quererse. El enfermo debía ser él por sus semblante apagado. La cara es el espejo del alma, pero es más el discurso del cuerpo: angustia era el mensaje. De vez en cuando ella le hacía una discreta, tierna caricia como de apoyo sentido.

Se había ido vaciando la sala de espera

En la sala de espera están instalados unos monitores multifunción que te anuncian los turnos, informan de la temperatura (19º, soleado), promocionan sus especialidades (Traumatología Dr. Tal, Alergología Dra. Cual…). También te entretienen con adivinanzas médicas, anatómicas o de hábitos. En la pantalla del monitor aparece la pregunta “¿Sabías…?” En los puntos suspensivos imaginen el tema. Unos segundos después se le añade al texto con la respuesta correcta.

Cuando llevaba media hora esperando, a base de mensajes en la pantalla, podría haber aprobado el primer trimestre de primero de Medicina. Y vino entonces la adivinanza. “¿Sabías… /… qué significan los sueños?

Reconozco que quedé sorprendido por la pregunta. ¿A dónde querían ir con la cuestión? ¿Qué tenia que ver eso con la medicina? Y sobre todo, ¿a qué acepción de “sueño” se refería?

Poco tardaron en disiparse las dudas; en la pantalla surgió la respuesta: “Según el neurocientífico Giulio Tononi, los sueños son una reconstrucción de nuestros recuerdos; están compuestos de lo que experimentamos despiertos”.

La materia de la que están hechos los sueños

Nunca lo había pensado, y me dejó perplejo. Durante siguientes minutos, como en un circo, atraían mi atención dos pistas: en una la pareja; en la otra mi propia mente herida de sugerencias.

Asomado sin ser visto yo tras mis gafas de sol a la Pista 1,  vi las manos de ella y los ojos de él. Ellos habían visto la misma respuesta (…son una reconstrucción de nuestros recuerdos). La mano de ella apretó la de él con algo más intenso que la solidaridad: era amor encendido en memoria. La voz del cuerpo de él licuó en lágrimas de color mientras asentía con la cabeza.

.- Tenemos nuestros ladrillos, Javier – musitó la mujer.

.- Claro, Rosario, claro. Pase lo que pase los ladrillos estarán y sobre los mejores cimientos. – respondió él sonriente, a la vez que alzaba un poco pero con gesto muy simbólico las manos entrelazadas.

ladrillos hechos de recuerdos

“Clinck: MDX 16” En el monitor anunciaba que era su turno. Se levantaron y entraron en el despacho el Doctor.

Eso me dejaba un rato para ocuparme de la Pista 2: mis pensamientos.

Ellos, como probablemente los de Javier y Rosario, habían abandonado la lógica simple traducción neurocientífica para adentrarse en la vertiente llamada “ensueño”.

Lo primero que tuve que revisar es lo que pensamos de nuestros anhelos, promesas, imaginaciones acerca del que será. Me pareció claro que nuestros sueños – ese deseo de un mundo mejor en el que somos felices –   no son el futuro: El futuro no existe, me dije. Existirá si llega y cuando llegue.

Nuestros sueños son “una reconstrucción de nuestros recuerdos”, ciertamente. Los recuerdos son ladrillos de sueños. Y si los analizamos, su composición atómica y el cemento que le da hechura, es “lo que experimentamos despiertos”. No es lo que nos pasa, sino lo que hacemos con lo que nos pasa, como suele decirse.

Mi conclusión entonces me deslumbró por lo obvia: los sueños, para “que duren mis anhelos eternamente”, deben ser muchos y pequeños ladrillos del mejor material y consolidarlos, día a día con la generosidad.

Las experiencias que tenemos despiertos serán las responsables de ensamblar y consolidar una gran sueño compartible. Así sí; así sí tiene razón el santo que decía “soñad y os quedaréis cortos”.

“Clinck: MDX 17” La pantalla anunciaba mi número. De la consulta 14 salían a la vacía sala de espera Rosario y Javier. El discurso de su cara era de felicidad: lo que fuese su dolencia era ya un ladrillo de remedio.

.- Adiós y felices sueños – me dijo con media sonrisa Javier.

Pero no era de noche.

Idea fuente: los sueños son una reconstrucción de nuestros recuerdos.

Música que escucho: All I Have to Do Is Dream, Lauren O’Connell (2012). La versión original es de The Everly Brothers (1958) que les supuso un Grammy. Roy Orbison (1963) lanzó una atractiva versión; buenos también los lanzamientos de Richard Chamberlain (1963), Rita Wilson (2012), Cat Power (2006) Barry Manilow (2007). Hay una edición francesa («Pendant les vacances a cargo de Sheila  (1963). Finalmente, sus compositores, el matrimonio Felice y Boudleaux Bryant (1958) podrían estar orgullosos: su canción ocupa el puesto 141º de la lista de las 500 mejores canciones de todos los tiempos que publica la revista Rollings Stone.

José Ángel Domínguez Calatayud

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En la habitación de nuestra soledad

No estaba hoy para escribir nada. Preso de un vértigo que me tiraba al suelo, tampoco podía leer. O sea, un bendito día, de ojos cerrados y quietud. Luego la medicina me ha permitido alguna luz, como ver los mensajes. Entre ellos el que  contenía el vídeo que acompaña estás líneas. (2, 5 minutos)

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No sé que le dirán a cada uno estas imágenes. En mi caso, lo primero que me han dicho es que vuelva con la imaginación a esos comedores familiar, del colegio, de la universidad e, incluso, a la cantina militar del Regimiento donde hice mis prácticas.

De eso hace mucho tiempo y por ello eran comidas de tecnología cero.

Vamos a ver, no voy a decir que todas las comidas eran celebraciones llenas de jolgorio y diversión. Hubo escenas, Y duras. Pero también, mejor sobretodo, humanidad. Un rostro te anuncia el significado del “no matarás”. Pero te proclama aún con más fuerza “me has visto y ya no puedes desaparecer de mi vida”. Acaso con la edad se esconda en algún rincón cavernoso de la memoria oculta. No perdida. Basta que te den dos pistas y enseguida la vida se ata a esa cara, a esos ojos.

(Paréntesis: son las nueve de la noche del sábado y la máxima autoridad doméstica constituida, recordando mi estado de salud, me ha apuñalado con sus ojos al volver a casa y verme con el teclado: cambio y corto.

Abro veinte horas después del cierre de ayer).

Pero es claro que algo habrá que hacer para que las personas nos tratemos. El trato es condición del compañerismo. La palabra cara a cara es el umbral de la comunicación. Al otro lado de cada uno,  en la habitación de nuestra soledad, está el pomo de la puerta de la comunicación: la puerta de la comunicación sólo se abre desde dentro.

Photo by Jens Johnsson on Unsplash

Pues resulta que algunas habilidades de “cerrajero” están en nuestras manos:

  • Reuniones de trabajo breves sin ordenador ni móvil: un papel, un lápiz y un capuccino con canela.
  • Una cerveza, dos cervezas, con los amigos: el primero que coja el móvil paga la ronda.
  • Un comedor – una habitación que se utilizaba en las casas hasta el 2000 – sin wifi, sin aparatos.
  • Una cena con tu amor en un restaurante buenecito (¿con vela?, pues sí) donde os miráis a los ojos; y el teléfono apagado. “¡Horror!, ¿apagado?, ¿no lo dirás en serio? Pues lo digo en serio. Es más rápido apagar el teléfono que el latido de tu corazón, pero es más fácil arruinar el amor al borde de una mesa. Una palabra amable, y otra, y otra. Y escucharle, sonrisa en ristre, la historia que ya te contó.
  • No te insertes los auriculares hasta que estés solo y por necesidad de estar solo.
  • Al entrar en el ascensor dile buenos días al vecino del cuarto mirándole a la cara. La primera vez quizás no te contesta. Si después de dos veces y de preguntarle por su hijo Diego te suelta una impertinencia, te invito a comer.
Me llamo Alfonso y me gusta bailar

Esta mañana en la cafetería habitual leía los periódicos, mientras tomaba mi café. Llevaba puestos mis auriculares oyendo desde Spotify mi “playlist” “MOYÚA” con música que llegaba hasta el año 1971. Son coplas de añoranzas de la casa paterna y de sonrisas nunca olvidadas. Suelo hacerlo así para concentrarme y  poder leer.

Delante de mí se ha plantado un niño de unos tres años, procedente de unos padres jóvenes que ocupaban la mesa de enfrente.

He descorchado mis oídos porque la criatura hablaba.

.- ¿Qué haces? – me pregunta el niño.

.- Oigo música – le respondo lacónico.

.- A mi no me gusta la música – me informa la criatura.

.- Y entonces ¿qué te gusta? – le pregunto con más amabilidad.

.- Le gusta bailar – tercia la madre.

.- Yo me llamo José Ángel, y ¿tú?

.- Me llamo Alfonso y me gusta bailar.

Nos hemos hecho amigos cuando, desenganchando el cable de los auriculares, he cambiado de registro y los dos hemos escuchado de la lista JOSÉ ÁNGEL música más bailable. Alfonso ha bailado “Qué bonito es querer” de Manuel Carrasco. Su padres han sonreído. La parroquia ha aplaudido. Yo no he leído la prensa, he aprendido otra cosa.

Idea fuente: un video de dos minutos sobre vivir y convivir.

Música que escucho: Qué bonito es querer, Manuel Carrasco (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

Comunicación sin ira

Ya sea en el Reino Unido o en Estados Unidos, como informa el Frankfurter Allgemeine Zeitung (Schwarzer Dienstag, 27/09/2019), en ambos casos sus máximos dirigentes han respondido con insultos y acusaciones: el uno, Boris Johnson a los parlamentarios tras sentencia que anula la “prorrogación” de las sesiones; el otro, Donald Trump contra el movimiento de los demócratas hacia una destitución del presidente por su llamada a Ucrania para que se investiguen los pasos en ese país del hijo de Joe Biden.

Boris Johnson y Donald Trump

En España, las palabras y los gestos airados suben de tono, exacerbando ánimos. Algunos ya han pasado de las pintadas al amonal.

Ya lo iba repitiendo Calígula – “oderint dum metuant” – por los pasillos de sa Domus Augustana. Qué me odien mientras me teman. Eso y ¿luego qué? ¿Qué puede pasar cuando te dedicas a odiar y ha comunicárselo a todos?

Pues lo que sucede es que alguno puede dejar de temer y si tiene la oportunidad te hace llegar el mensaje en la punta de un puñal. Casio Querea, a quien el emperador consideraba un pésimo recaudador de impuestos y un marica, recibía de Calígula epítetos iracundos e hirientes como Príapo y Venus. Querea fue el primero en apuñalar al emperador y le siguieron los pretorianos conjurados que le acompañaban. Un día cualquiera de enero del año 41.

Enero es un mal mes para matar. Peor para morir.

Europa, el mundo, y nosotros mismos dejamos atrás hace nueve meses nuestro enero, pero parece que en el tiempo transcurrido, lejos de apaciguarse, el recalentamiento de las almas es más veloz, intenso y criminal que el de la superficie terrestre.

Photo by Callum Skelton on Unsplash

El aire de las almas perdió hace tiempo la capa de ozono y le abrasa una maldición de rabia, odio y mal gusto… “Intoxicated with animosity” (MacCaulay): Un aire “envenenado de animosidad”. Lo estamos respirando, lo leemos en la prensa, lo sufrimos en algunos telediarios que lo inoculan, eso sí, con la ira dulce de la sonrisa de una locutora o con las imágenes embarazadas de soplos científicos. Una ira que se desata en palizas a una compañera de clase, en un bocinazo al que nos quita la plaza de aparcamiento o contra quien piensa diferente en la Asociación de Vecinos.

La segunda parte de este post tendría que describir cómo podemos nosotros vacunarnos contra la propia ira; cómo comunicar sin odiar. Porque la primera víctima – y, finalmente la última – del asesinato de Calígula, fue Casio Querea, que sufrió antes de la acción y poco después de ella ejecutado por orden del tío de su víctima, el emperador Claudio.

Lo primero para comunicar sin ira es ser libre: tan libre que nos poseamos a nosotros mismo por la paciencia. De hecho dejas de poseerte cuando estas que te “llevan los demonios”.

Son pocas las veces que algo odioso requiere irremediablemente una respuesta inmediata. Stephen R. Covey, catedrático y humanista, solía poner la imagen de la “segunda oportunidad”. En vez de reaccionar con ira, uno puede reconstruir la imagen de cómo le gustaría reconocerse a sí mismo tiempo más tarde al recordar que respuesta dio. Es como una película de la que podemos ser guionista, director y protagonista. ¿Cómo quedo como una persona digna? Los que tenemos fe sabemos que veremos esa película cuando Dios quiera. Alguno querremos emocionarle con un happy end.

El caso del periodista que escribe o habla ante un micrófono o una cámara, ofrece casi siempre, la oportunidad de meter en la nevera el texto ardiente; de pensar que el otro es de la misma raza – la humana – que él; de sacar más tarde el texto y, ya enfriado, rescribir alguna parte con lo mejor de uno mismo. Con fortaleza, por qué no, pero con ecuanimidad.

En las relaciones personales, en las más íntimas, la fluidez confiada de la comunicación, es un factor de grandeza, que se empequeñece si no somos capaces de perdonar.

Le encontraste buscando un disco

Sí, están las rupturas, los adioses. No siempre con ira, pero siempre divisores. El silencio vuelve a ser el mejor sonido si hay rabia. Luego, – cuántas vueltas da la vida –, en una biblioteca, mejor en la tienda de discos de toda la vida, unos ojos conocidos están del otro lado y sus dedos buscan la música que eleva. Cuando se levantan y las miradas se atraviesan, te das cuenta de lo valioso que fue no montar más número que el arrebato breve pero intenso para evitar lo inevitable.

Sabemos que con el tiempo por medio, si siempre hubo luz y nunca violencia, es fácil coincidir en reírse juntos con timidez al escuchar en el sonido ambiente de aquella tienda la música de la película “Barri Lyndon”, de Stanley Kubrick, que no es otra que la “Sarabande” de Händel.

Sin ira, pero con el tiempo fugado.

Idea fuente: la ira sitúa muy bajo el umbral de ignición de la comunicación.

Música que escucho : Sarabanda, Suite para clave en re menor HWV 437, Hándel. Esta pieza fue utilizada además de por la película citada por un anuncio de Levi’s (2000) y en otro de Coca-Cola (2011).

José Ángel Domínguez Calatayud

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300 euros y la trisomía 21

En mi cuenta de Twitter un mensaje me anunciaba el nombre de las dos personas que estarán al frente del Máster en Reputación de la Universidad de Navarra. Felicité a ambos y les manifesté un deseo del que ya hablé (Prestigio y Marcas con Valores) en este Blog Personal: que alguien se atreva “a cambiar la horrísona ‘reputación’ por ‘prestigio’. Aúpa”.

Esa última palabra era más una declaración de imposibilidad que una creíble expresión “para animar a alguien a levantarse o a levantar algo”.

La palabra reputación (corporate reputation) forma parte de la lista de términos que hemos adoptamos en un español colonizado lingüísticamente sobre todo en dirección de empresas, mercadotecnia y nuevas tecnologías. No pasa nada.

Lo reconozco, me encantan las causas perdidas, las aspiraciones poco prácticas, el idioma de mis padres, las tertulias lentas, los guiños rápidos, la integridad en las personas, la genialidad más que el conformismo, el humor más que la burocracia, mis amigos ingeniosos más que los ingenieros de los social.

Pero así están las cosas y, como enseña el profesor – él sí con prestigio – Ángel Alloza, “la reputación se ha convertido en un activo estratégico para las empresas. Negocios con buena reputación demuestran una capacidad diferenciadora para atraer inversiones, retener clientes y empleados, a la vez que construyen mayores niveles de satisfacción y fidelidad hacia sus productos y marcas”.

Lo vuelvo a escribir a hora como entonces con palabras de Luigi Pirandello : “así es si así os parece”.

Porque sigo pensando que entre reputación y prestigio hay una diferencia: éste requiere un plus que está en la voluntad del prestigiado: competencia, integridad, recta intención, autoridad en el sentido dorsiano (Álvaro d’Ors) como saber socialmente reconocido. En una palabra, mérito.

Veamos sólo dos ejemplos:

Multa de 300 euros al Barça por negociar de forma ilegal el fichaje de Griezmann” es el titular de  El Mundo, (26/09/2019); en el interior informa de que en “plena eliminatoria contra la Juventus de Turín, el jugador francés (entonces en nómina y no pequeña del Atlético de Madrid) cerró el acuerdo con el club azulgrana y negoció el pago de 14 millones en comisiones a su entorno”. 14 millones, como los seguidores que el Barça tiene en Twitter; 6, 6 millones el futbolista. Desde luego tienen reputación. ¿Y su prestigio?

Hoy he perdido el Nobel de medicina”. Es una frase de la carta que a su esposa escribe el profesor Jérôme Lejeune– “considerado el padre de la genética moderna, (que) identificó en 1958 la trisomía del par cromosómico 21 que define el Síndrome de Down, lo que abrió la vía a la citogenética”.

Acababa de pronunciar (agosto, 1969) en San Francisco el discurso de agradecimiento por haberle sido concedido el «William Allen Memorial Award», la más alta distinción que pueda otorgarse a un genetista. ¿Qué ha ocurrido? Pues  que en sus palabras se ha atrevido a informar a sus colegas de que “la naturaleza corporal de los hombres se halla contenida por completo en el mensaje cromosómico, desde el primer momento de la concepción; ese mensaje hace del nuevo ser un hombre, no un simio, ni un oso, sino un hombre cuyas cualidades físicas se encuentran incluidas ya por completo en las informaciones dadas a sus primeras células. A esas virtualidades, que estarán al servicio de su vida intelectual y espiritual, nada se añadirá: todo está ahí”. No hay modo de dar otra interpretación a sus palabras: hay vida plenamente humana en el concebido no nacido.

Dr. Jérôme Lejeune

“Ni siquiera un aplauso; se produce un silencio hostil o molesto entre esos hombres que son la élite (reputados) de su profesión”, que impulsan leyes que permitan “el examen médico preventivo prenatal de los niños trisómicos y su eliminación mediante el aborto”. La biografía del doctor Lejeune es una partitura sinfónica de prestigio profesional como médico e investigador. ¿Y su reputación?

Entiendo que por las razones apuntadas al principio y por confort lingüísticos se equiparen ambos términos.

Pero, ante el palmario riesgo al que están sometidas la opiniones particulares de ser manipuladas por los creadores de Opinión Pública cabría meter en el saco de la reputación a “la consideración en que se tiene a alguien o algo” y reservar el el honrado cofre del prestigio para quien goza de «fruto de su mérito”.

Fruto de su mérito, como el de la Universidad de Navarra y quienes sacan adelante el Máster en Reputación Corporativa.

Idea fuente: El prestigio se alcanza por mérito y permanece.

Música que escucho: Hey, Julio Iglesias (1980)

José Ángel Domínguez Calatayud

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