Los hilos del querer

Procuramos vivir no en el fuego de nuestros infiernos sino en el lago donde el amor puso bálsamo y paz.

va por ti

Es lo que pudo leer en aquel bar. De alguna manera era un mensaje para ella. Alguien lo había escrito sabiendo que acabaría en sus manos. ¿No nos pasa un poco a todos? Vemos un eslogan, una pintada en la pared, una frase en una novela, unas palabras de un maestro y pensamos: ¡vaya!, si parece que eso va por mí.

Incluso más. Conocí al autor de la novela “Vivió para nadie” y me contó que un lector se le enfrentó por haber descrito su existencia plana, vulgar, sin meta y tibia: “¿Cómo se ha atrevido a escribir mi vida?”. Lo cierto es que el autor no conocía nada de la vida de aquel pobre hombre que estaba hundido.

Nos vemos reflejados en la humanidad del hombre. Pasa en la literatura. Pasa en el cine. Pasa más ante el espejo. Y sobretodo nos ocurre cuando miramos en el propio interior. La memoria nos trae nuestros errores y aciertos; las luces y las tinieblas. Vemos los jarrones de lechera hechos añicos y también los sueños cumplidos. Los momentos de chimenea y besos, mas también, qué lastima, las bofetadas que va dando la vida.

La Psicología describe, desde luego, cómo el cerebro borra los recuerdos traumáticos como mecanismo de autoprotección mental. No quiero ni pensar en un cerebro que sólo, repito sólo, conservase los recuerdos que le hirieron. Los días siguientes al abandono, al adiós del desamor, son una muestra mínima de los estragos que puede hacer en la mente.

También conocemos ya que el sueño no es una actividad pasiva. Durante el reparador descanso, las neuronas se afanan por hacer sitio a los próximos “inputs”. Salvo en el cuento de  Jorge Luis Borges, “Funes el memorioso”, fantástico caso de hipermnesia, nadie resistiría a mantener vivos todos los recuerdos.

Además de los instrumentales, se nos quedan dentro los recuerdos que, por cualquier motivo, se entrelazaron a una fuerte emoción; un encuentro inesperado con una rosa para ella; o, para él, una coincidencia inopinada de ambos en una tienda de libros y música amada.

Esas cosas van tejiendo los mantos con los que nos abrigamos de la vida y los sinsabores. Vivimos en un telar, haciendo prendas para acudir a nuestros días y nuestras noches. De hilo azul los ojos; de hilo moreno las manos; duro es el hilo del desprecio y por eso es frágil y podemos romperlo a golpe de los  hilos del querer.

Este telar de nuestra vida tiene, sí, en el suelo rollos que nos hacen tropezar. No digo que no nos demos de bruces en el suelo. A veces es inevitable. Pero es más sorprendente que podamos comunicar con nosotros mismos y decirnos hermosas frases con los hilos del querer. Ese sentido positivo da mejor resultado si los hilos del querer tejen para otro a quien decimos con hechos, “tú estás en mi corazón”. No te quedes desnuda, amiga del bar, ni te eches por encima mantos podridos.

Photo by drmakete lab on Unsplash

Tú y yo, como la frase que estás leyendo procuramos vivir no en el fuego de nuestros infiernos, sino en el lago donde el amor puso bálsamo y paz.

Cuestión de hilar fino y tejer los hilos del querer.

Idea fuente: un mensaje escrito mientras desayunaba en el bar

Música que escucho: I Don’t Talk About it, Rod Stewart, (2004) con Amy Belle, en el concierto One Night Only! en el Royal Albert Hall (Londres)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Joaquín Sabina sigue subiendo a los escenarios

Ha causado gran conmoción que Joaquín Sabina se cayese del escenario en plena actuación. Se hizo mucho daño. Volvió a salir en silla de ruedas. Y lo hizo de nuevo sólo para informar al público de que no podía continuar a causa del fuerte dolor del hombro. También pidió perdón por la suspensión del espectáculo. Tuvo tiempo y ganas para prometer que volvería en mayo. “No tiren las entradas”.

En silla de ruedas

Antes de nada hay que recordar que ya en el hospital el diagnóstico no se paró en el hombro: esta mañana fue operado del derrame cerebral producido como consecuencia de la caída desde el escenario al foso.

De la noticia son notables varios fenómenos.

Uno de comunicación: mientras hay personajes a los que es imposible escucharles una sencilla declaración o verles en una comparecencia respondiendo a la prensa o reconociendo un error o una debilidad, el cantautor, con el hombro dolorido y un oculto daño cerebral se humilla, pide perdón por no poder terminar su trabajo y les implora la pequeña fidelidad de no tirar la entrada.

Sucedió lo lógico: aplauso y un espontáneo corear de su nombre. No siempre es tan difícil comunicar: basta la sinceridad de mostrar las heridas; la veracidad en el mensaje, y la empatía – abrazo espiritual – entre el que habla y el que escucha. Aunque, bien mirado, ahí los dos se hablan y se escuchan. Es el abrazo entorno al mensaje: ¡estamos unidos por la música!

El otro fenómeno, cosa esplendorosa, es de Perogrullo: para caer del escenario hay que estar subido a él. Normal, pero él tiene 71 años. La noticia podría ser que el madrileño sube al escenario. Cantar un concierto, y otro, y otro con 20 años es sufrido. Pero dar el Do de pecho pasados los setenta es digno de titulares. Los viajes, los traslados, el no tener casa durante la gira, el preservar la forma física y la cuerdas vocales tiene un gran mérito a su edad.

Es además una modelo de testimonio para quienes vivimos una cierta comodidad, una jubilación o, desde luego para quienes a menor edad parasitan las entrañas del Estado o de las empresas.

Sí, el titular es “Joaquín Sabina sube al escenario”. Y con esta noticia damos en su persona un homenaje a madres-abuelas, a artistas mayores que siguen al pie del cañón más cerca del siglo entero que del medio. Encontramos en casi todas las profesiones ejemplares humanos que encuentran en el trabajo experimentado la voz callada del gran ejemplo: abogados, escritores, médicos, pintores, sacerdotes, tenderos y una infinidad de varillas en el amplio abanico del quehacer humano siguen al pié del cañón. ¡Aúpa, tú!

Mujeres y hombres hay que, marchados  – o expulsados – de su original escenario, han rehecho su alegría de dar en actividades altruistas: enseñar, ayudar, asistir desvivirse hasta dar el número del móvil a personas necesitadas.

Joaquín Sabina

A tu alrededor tienes muchos escenarios donde esperan la mejor versión de ti. Canta la canción que a ti te parece que te sale bien y exprésales de verdad: ¡estamos unidos!

Idea fuente: un profesional de la música cae de un escenario durante un concierto

Música que escucho: Calle Melancolía, Joaquín Sabina (1980)José Ángel Domínguez Calatayud

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Cabeza y corazón

O corazón y cabeza. Ayer estuve con Alejo, amigo de nacimiento. Yo tengo dos personas amigas de nacimiento. Otra, amiga del alma. Un potente pero corto número de amigos íntimos; luego amigos, buenos amigos; también una montaña de conocidos; … y cordilleras de rostros a los que querer y querer ser amigo de ellos.

Bueno, pues estábamos Alejo y yo tomando una cerveza con olivas en La Alicantina (Plaza del Salvador, Sevilla). Una treinta de la tarde. Sol, turistas, estudiantes y una brisa del Este que movía un toldo de una cercana heladería, ya casi en calle Cuna.

Plaza del Salvador (Sevilla)

.- Esta mañana he hablado con ella – dijo Alejo, sin venir a cuento, pues habíamos estado hablando del derecho/obligación de vivir y de respetar la vida.

.- ¡Ah! – respondí queriendo decir sólo eso – ¡ah! – y esperando nuevos datos. Desde luego que con las solas seis palabras yo tenía información de sobra para contextualizar lo que viniera a continuación.

El contexto, del que el lector no tiene porque saber nada, es este: si Alejo dice sólo “ella” no puede ser más que una: Cira, la que fue el amor de la juventud primera que equivale a ser la figura del único amor universal que dora la tierra, eleva a los humanos y los hunde cuando no está presente. Aquello terminó abruptamente, pero por cosas del destino sus órbitas coinciden de vez en vez. Es, en el sentido físico de la palabra, una emergencia, ya que como guadianas de sus biografías salen a superficie, vuelven a no verse, para tornar a los pocos años a hablarse.

Alejo venía a decirme que de nuevo había vuelto a oír su voz y él a decirle cosas a ella.

.- ¡Dónde has visto a Cira, si no vive aquí? – pregunté con curiosidad.

Se hizo el silencio que respeté, pues conozco bien los silencios de Alejo: estaba en trance de decidir si me contestaba transcendente y lírico (“No necesito que esté delante para verla, su imagen no se me va de dentro”) o físico y realista: fue esto último.

.- Por teléfono, he hablado por teléfono. Como supondrás, no voy a contarte lo que nos hemos dicho. Sólo que tenía unos asuntos de peso que afrontar y quería escuchar mi opinión. Le he dicho: “Cira, haz lo que te pida el corazón”. No te cuento el resto porque está por medio su intimidad.

.- Y un poco la tuya… – he aventurado.

.- Y un poco la mía – me ha dicho mirándome a la cara con una sonrisa.

Luego los dos hemos pensado que muchas veces se dice a la gente que haga lo que le pide el cuerpo, el corazón o, incluso, el instinto. Y de ahí, a veces, salen bombas.

Es lo mismo que cuando, sin más argumento, se insta a las personas a comunicarse con “naturalidad”, sin pararse a pensar si lo natural en esa persona es brutal, ordinario, soez e ineducado o, por el contrario, es pacífico, refinado y alegre.

.- Sí – ha concluido Alejo -: mejor hubiera sido decirle a Cira lo que aquel sabio amigo me dijo en la universidad respecto a ella: “sopesa lo correcto con la cabeza y una vez decido, no dejes de poner en ella todo el corazón”.

Idea fuente: hacer con la cabeza y con el corazón: “y” es conjunción copulativa.

Música que escucho: “I’ll remember you”, Elvis Presley (1973) Aloha from Hawaii, Live in Honolulu

José Ángel Domínguez Calatayud

La luz fuera de los ojos

Voy a llamarla Lucía. Fue el domingo cuando la encontré. Fui como otros domingos a comprar la prensa a la tiendecita de siempre. Es una tienda linda, donde los niños compran chuches y los demás revistas y periódicos. Hay cuadernos, plumas, sobres, bolis, pequeños regalos y esas cosas de oficina que te faltan cuando no puedes ir a buscar lejos de casa. Una cierta tienda de un cierto desavío.

Photo by Kat Coffe on Unsplash

El día se pausaba templado con un matinal sol de invierno que te ponía una capa de calor suave.

Por la acera se acercaba una joven empujando una silla de ruedas donde se sentaba una señora mayor. La joven  me preguntó en acento de un país hispanoamericano si aquella era la tiendecita de chuches. Se lo confirmé.

.- Vamos a comprar palomitas – dijo dirigiéndose a la mujer de la silla más que a mí.

Cuando intenté ayudar con la puerta para que entrara la silla de ruedas enseguida vimos que no cabía. La joven entró, mientras yo me quedaba fuera al cuidado de silla y señora. Era una mujer distinguida, a la que el paso de los años le prestó arrugas pero no se las hizo pagar en la firmeza de la piel y la belleza serena de un rostro impasible. Una manta ligera de cuadros sobre el halda abrigaba y tapaba sus piernas. El vestido era un camisero de color indefinido. Era definitivamente un mujer sencilla; elegante como su silencio en todo este rato.

.- ¿Usted quién es? – me preguntó con un suavísimo acento que hacía juego con su digna presencia y con su mirada dirigida lejos de mí desde su gafas oscuras.

Cuando le dije mi nombre ella me dijo el suyo.

.- Yo me llamo Lucía.

Por romper el silencio que se producía cada vez, le dije que enseguida vendrían con las palomitas. No pareció hacerme mucho caso mientras pasaban lo segundos que se hacían largos. Volvió su gafas de sol hacia donde estaba yo y añadió.

.- Soy ciega.

“¡Cómo no lo había adivinado yo!” me reproché. Repuesto de la sorpresa le pregunté si hacía mucho tiempo.

.- Sí, hace años – respondió sin ningún acento dramático o de autocompasión. Y me dijo más -: son los años sin luz.

.- O de otra luz – se me ocurrió, y al instante me arrepentí de lo que me pareció una arrojada ocurrencia que un desconocido no debía verter en los oídos de una ciega.

Sin embargo Lucía pareció animada cuando coincidió conmigo.

.- Lleva razón, caballero: “otra luz” – comenzó y, tanteando hasta tocar y presionar dulcemente mi brazo, continuó sin parar -: sí, vivo ya en la luz de los años en que mi corazón latía con la luz de aquel que se fue antes que mi visión. Tengo la ayuda que ha visto. Pero me arde un fuego que ilumina mis días y las solas cosas que me importan. Las llevo dentro: he amado todo; las veo, las huelo y las tocan los dedos de mi alma. Señor dígame: ¿a que tiene ojos el corazón?

.- Los tiene – le respondí, acariciando su mano. Llegó la joven y me despedí con una lágrima, que Lucía debió notar. Yo sí lo vi en un guiño cómplice de su comisura.

Idea fuente: una dama ciega y su acento al decir “he amado todo”.

Música que escucho: “Ho amato tutto, Tosca (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Incertitud

Dice la RAE que la palabra “incertitud” es femenina, que es término en desuso y que viene a significar “Falta de certeza o certidumbre”.

Era una expresión que, en otra vida en una empresa transnacional en la que serví en Comunicación, escuchaba con frecuencia a un director pronunciadamente inclinado hacia las formas francesas de hablar. Solía emplearla en plural: “ hay muchas incertitudes”, “ese sujeto está lleno de incertudes”, donde con “sujeto” no se refería a un personaje sino al “subjet” en sentido galo: asunto, punto, tema.

Photo by Jakob Owens on Unsplash

Hoy me ha venido a la cabeza esa palabra al considerar que, en un sola página de opinión del periódico que tenía entra las manos, los tres artículos se sumergían en la idea de incertidumbre. Treinta veces, o sinónimos, en un página.

Manifestaban los autores la existencia perturbadora de incertidumbre en la política española, en el devenir de las empresas, en la trayectoria de la Sociedad.

Ya en aquella gran empresa donde estuve en otra vida escuché que “il faut gerer la contradiction”. Pero de esa “gestión de la contradicción” no se tardó en pasar a “gerer la incertitude”. Y de esta última ola las espumas – y sus residuos – llegan a nuestros días. Muy interesante el artículo “L’Incertitude: Comment Réussir A La Gérer”, de Lionel Meneghin (Forbes France, 23/05/2017) que empezaba paradójico: “La única cosa cierta es, desde luego, ¡la incertidumbre!” (La seule chose qui soit certaine, c’est bien l’incertitude elle-même !).

Y si ante esta tesitura el corazón reta al coraje, nos vino lo de VUCA, acrónimo en inglés con lo que se refieren a entornos empresariales como lugares y tiempos de Volatility, Uncertainty, Complexity, Ambiguity.

Son fenómenos observables, diría que de modo punzante, en muchas realidades que están cerca no sólo en ámbitos de la empresa. Miremos la ciudad, la nación, las consecuencias del empleo abusivo de pantallas y redes. Abramos los ojos a las actuaciones en el “subjet” Familia, relaciones de afecto o Educación.

Las consideraciones tipo VUCA van en dirección correcta. Sí, así son las olas en la superficie. Pero las olas no son un mal original, son consecuencia. No están en la etiología, sino en los síntomas. Las cosas hay que verlas a profundidad de periscopio y, si el alma y la mente tienen capacidad de oxígeno espiritual, a muchos pies de profundidad, porque no son olas causadas por el viento.

Photo by Lubo Minar on Unsplash

Tenemos olas de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad porque se mueve fuertemente el fondo del mar. Mar de fondo. Tendencias. Macrotendencias.

La buena noticia es para quienes desean adaptar la acción a VUCA pero con criterio. Se puede siempre que no implique renuncia a Principios, Altura de miras, Rumbo, Alegría.

El Acrónimo sería PARA; suena libre, es el tono de la flecha que elegimos ser para encarar la propia misión. Hay gente en ese afán en todos los países; personas que no claudican, que no doblan la cerviz a cada ocurrencia, que trabajan, que inculcan a los suyos el respeto y no se conforman con vivir de eslóganes. Prefieren las certezas de lo que nadie podrá cambiar y que supone el corazón de la vida. Y lo sabemos.

Idea fuente: gestionar las incertidumbres

Música que escucho: Gli uomini non cambiano, Achille Lauro con Annalisa, San Remo (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud