Pacifista o pacificador

El Premio Nobel de la Paz se entrega cada 10 de diciembre en Oslo (Noruega); es el único que se entrega fuera de Estocolmo (Suecia). Es, entre los Nobel, el que más veces ha quedado desierto, diecinueve; y el que más veces ha sido recibido por mujeres, dieciséis.

José Manuel Santos, Premio Nobel de la Paz 2016

En total desde 1901 en que lo recibiera Frédéric Passy ha sido entregado a 19 organizaciones internacionales y 104 personas, ninguna española. El de 2016 lo recibió Juan Manuel Santos, “por sus grandes esfuerzos para finalizar la guerra civil de más de 50 años en Colombia”.

Desde 1895 se otorga “a la persona que ha hecho el mejor trabajo o la mayor cantidad de contribuciones para la fraternidad entre las naciones, la supresión o reducción de ejércitos así como la participación y promoción de congresos de paz y derechos humanos en el año inmediatamente anterior”.

Repasada las biografías de algunos galardonados a uno le asalta la pregunta acerca de qué significa “paz” para el Comité Nobel Noruego. Y luego, en reflexión más domestica y acaso íntima, uno se pregunta ¿quiénes son las personas de paz?

Me ha parecido que pueden distinguirse, tres categorías de sujetos en relación con la paz: los pacifistas, los pacificadores y del pacíficos.

Por si me falta espacio al final para hablar de los pacíficos, vaya por delante que esta categoría goza de la prerrogativa de la filiación divina para toda la eternidad: “Beati pacifici, quoniam filii Dei vocabantur” (Mt. 5.9).

Bienaventurados los pacíficos

Porque exige cierto grado de lucha con uno mismo arrebatarse del propio corazón la ira injusta, el prejuicio desmerecedor del otro y la falta de compasión.

Miremos a los pacifistas. Aquí hay teoría y práctica. Y hay Historia y hay actualidad.

En la teoría pacifista, algunos que prescinden de la fe, sitúan el origen activo en los primeros cristianos por su falta de violencia frente al martirio. Luego se desarrolló más recientemente como recurso sistémico frente al poder.

Los ideólogos del pacifismo hunden sus raíces en Confucio, Lao-Tsé y el conjunto doctrinal místico de unión con una Naturaleza sosegada ¿?

Modernamente, muchos otros miran a Mahatma Gandhi y a Nelson Mandela, no obstante trazos de inusitada pasión. También Martin Luther King, John Lennon (Imagen) y varios movimientos de los 60’ orbitaban gracias a un común combustible de ideas.

Primavera árabe

Los hay que hasta incluyen entre los pacifistas de última hora a las masas de los asentamientos y manifestaciones de la llamada “Primavera Árabe”, que acabó en Invierno e Infierno para muchos no musulmanes – principalmente cristianos – del norte de África (Egipto) y el Cercano Oriente (Siria).

Porque, y ésta es práctica ejercida por activistas sedicentes pacifistas, muchos son pacifistas cuando viven en estado de necesidad, pero luego no soportan y persiguen a los que no son iguales. Así ocurrió en la India con los musulmanes, en Paquistán con los hindúes o en la Barcelona de 2017 por poner un ejemplo cercano. La paz que se construye en el alarido tumultuoso y el asalto a vehículos será pacifista pero es una paz débil como lirio al sol.

Lo que nos lleva a poner los ojos en los pacificadores, en los que construyen la paz. Son aquellas personas que saben ver el orden en la tranquilidad y no tanto en protagonizar performances, en componer coreografías sensibleras con las pantallas iluminadas de sus móviles, o en adherir a su camiseta una pegatina con el eslogan “no a la guerra”.

El pacificador lo hay de clase pasiva y de clase activa.

El pacificador de clase pasiva no alza la voz ante el conflicto, no levanta – no arría – banderas. Sabe estar callado en casa, en el café o en la redacción para no irritar más al activista, al agresivo o al doctrinario. No es que le dé igual o que sea cobarde; al contrario tiene el valor de ejercer una conducta constructora de paz desde su serenidad, desde la espera. Es un personaje sin herramientas o sin el acervo cultural suficiente para argüir en contra del déspota y por eso no responde en el momento. No es persona del instante, es hombre de medio plazo.

Pero en esta hora, no sólo en España sino en el Mundo, se necesitan pacificadores activos.

Constructores de Paz

El mejor pacificador, el activo, sabe encontrar modos de que los contendientes convivan en paz, sin humillar la justicia ni la verdad. En casa o en el trabajo sabe quitar importancia a pequeños disgustos y pasar por alto faltas que no son transcendentes, pero que podrían motivar una bronca si se enredan en discusión. Hay chistes para pacificar. Saber reírse y provocar con gracia la risa ajena es un arte y un bálsamo que rebaja la tensión en los ámbitos corrientes de la vida.

En la vida de la opinión pública, de la política y de las relaciones internacionales se necesitan personas con gran formación, fuerte carácter, gran corazón y visión a largo plazo que ejerzan de pacificadores. Los hay con la suficiente generosidad e inteligencia como para saber pasar ocultos mientras redactan fórmulas, entrelazan armónicamente intereses contrapuestos y hacen ver a cada parte la razón que asiste a la otra. O al menos cuál es la vía por la que el bien común prevalecerá sobre el egoísmo.

Actuar como pacificador honrado es probablemente un camino cabal para acabar siendo pacífico.

Idea fuente: Pacificar: no es para la paz todo lo que se presenta como pacifista.

Música que escucho. “You are part of me”, Anne Murray (1978)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Comunicación y diálogo: tres palabras

Ella em va estimar tant

Jo me l’estimo encara.

Plegats vam travessar

Una porta tancada.

(Paraules d’amor, Joan Manuel Serrat)

 

En relación al llamado problema catalán, se ha usado la imagen del choque de trenes. Según esta metáfora la persistencia en una misma dirección pero con sentidos opuestos de los procesos del Gobierno de España y el Govern llevaría a una colisión inevitable con resultados idénticos en esencia, aunque no en grado, a los que sufrirían los pasajeros y tripulación en el choque de esos dos convoyes.

Choque de trenes

Aunque las metáforas las carga el diablo, a mi me parece más acertada que la ferroviaria otra de aroma naval.

La metáfora en cuestión es más una parábola que se cuenta en cursos de management para invitar a los directivos a la circunspección y al realismo.

Hay muchas versiones de la anécdota, con distintos protagonistas según la nacionalidad del que la cuenta y con extensiones que enriquecen la conversación para procurar hacerla más graciosa.

He tomado la versión que según mis investigaciones parece la original:

“Lo creas o no esta es la transcripción de una conversación real de radio entre un buque de la Marina estadounidense y las autoridades canadienses frente a la costa de Terranova en octubre de 1995. La conversación de Radio fue iniciada por el Jefe de Operaciones Navales el 10 de octubre de 1995 .

Un navío de los Estados Unidos de América ve en la oscura lejanía por proa una luz; emite un mensaje por radio y se produce el siguiente intercambio:

Jefe de Operaciones: Por favor, desvíe su curso 0,5 grados hacia el sur para evitar una colisión.

Respuesta: Recomiendo que sea usted quien desvíe su curso 15 grados al sur para evitar una colisión.

Jefe de Operaciones: Aquí el comandante de un barco de la marina de guerra de los EEUU. Le digo otra vez, que desvíe su curso.

Respuesta: No. Se lo digo yo una vez más: ¡desvíe su curso!

Jefe de Operaciones: Este es el USS Coral, portaaviones del ejercito de los Estados Unidos; somos un gran navío de guerra de la Marina de los Estados Unidos. ¡¡Desvíe su curso ahora!!

Respuesta: Esto, Señor, es un faro”.

El faro

La popularidad rápidamente alcanzada por la anécdota, que se contó también con otros buques de la Navy como protagonistas de la misma, obligó a la America’s Navy a desmentir la broma porque no se correspondía con ningún hecho real: El USS Coral fue desmantelado y desguazado el 2 de julio de 1992.

Pero a lo que vamos, usted lector sabrá decirme en el problema catalán (en el problema español) quién es el Jefe de Operaciones de la flota y quién el farero.

A nosotros la broma nos ofrece la oportunidad de decir tres cosas a quienes, como en la fiesta pacifista ibicenca – esa de todos de blanco –, repiten el mantra-eslogan dialogo, diálogo, diálogo.

Primero: para dialogar, ya sean cuestiones políticas, sentimentales o académicas es preciso esforzarse en diferenciar diálogo de dialéctica: en el primero se busca la verdad o el bien común; ahí hay sinceridad y honradez. En la segunda se pretende emplear la palabra sólo como herramienta para imponer la propia postura o lo que más se parezca a ella.

Segundo: el marco de una conversación tiene que estar definido previamente: se necesita compartir la realidad sobre la que se va a hablar para intentar no salirse de ella. De no hacerlo, el flujo verbal entrará en lo que con toda justicia suele llamarse “conversación de besugos”, donde los interlocutores abren sus bocas pero no confluyen en ideas.

Tercero: procurar aunar los espíritus que, dado el grado de crispación va a ser difícil. Pero Nietzche lo aconsejaba: “toda relación interhumana tiende a que cada uno pueda leer en el alma del otro; la lengua común es la expresión sonora del alma común. Cuanto más íntima y sensible sea esta relación, mayor será la de la lengua para entablar una relación”.

Básicos de la conversación

En las antípodas de la unión está el odio. El odio necesita poco de las palabras. Tiene un vocabulario reducido y destructivo. Justo lo contrario que el amor de dos jóvenes de quince años que, como cantaba Joan Manuel Serrat “En teníem prou amb tres frases fetes”. Sólo tres frases pero que inyectan en la vida del otro emoción y ganas de no separarse nunca. No necesitan más porque habla la mirada.

Y a estas alturas la lengua y espíritu comunes parecen alejados de muchos en España.

Nada es imposible para los hombres que buscan con el lenguaje el bien de los demás. Pero antes de eso se necesita poner en orden las cosas exteriores y en paz las interiores. No es un salto al vacío, ni el delirio de un viaje al infinito: es una necesidad de los pueblos para vivir como humanos.

 Idea fuente: algunas condiciones básicas de un diálogo eficaz.

Música que escucho: “Paraules d’amor”, Joan Manuel Serrat (1968)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Salvad al cantante Salvador

 

 

“¡Ay amor si te llevas mi alma,
llévate de mi también el dolor”
¡Ay amor! (Salvador Sobral)

 

No por temida, la noticia es menos lacerante: Salvador Sobral fue ingresado hace unas hora en cuidados intensivos.

182 millones de personas lo vimos triunfar en la gala de Eurovisión de 2017, celebrada en Kiev. Las cámaras de televisión se prendaron de un desestructurado personaje de voz suave y evocadora. La canción “Amar pelos dois” escrita por su hermana Luisa, sonaba con una ternura azul que atravesaba los aires, las ondas y las corazas triviales de nuestros corazones, que quedaron heridos.

Salvador Sobral, ganador Festival de Eurovisión 2017

Pero, ay, el corazón más herido, era ya entonces el suyo, el de Salvador Sobral. Las cautelas médicas hicieron que no llegase al festival hasta dos días antes del comienzo. Ya le habían avisado los doctores en enero de que su corazón era una máquina de obsolescencia programada: latidos con caducidad.

Y sin embargo, él nunca ha querido una compasión sensiblera. El ha amado – y de qué manera – la música. Parecía decir “no os fijéis en mí que muero; poned los ojos en la canción: ella no envejece y nunca muere”.

Y ahora la música llora. La música no quiere ser eterna, desea que su amante Salvador viva y que su voz resuene acompañe la soledad de tantos.

Y ahora la música se va apagando en la voz de este fuerte y tierno portugués. Salvador necesita con urgencia un corazón que su cuerpo no rechace. Para sí mismo, que no rechaza la belleza, la amistad y la sencillez, no pide más que un poco de silencio, la compañía fraterna y soñar sin pedir nada a cambio.

Hemos conocido que “Amar pelos dois” que le hizo universal será el tema de una serie brasileña de sugerente título: “Tiempo de amar”. Qué grande es el tiempo de amar, cómo se dilata con la música amada.

Tiempo de amar, tiempo de vivir

Quienes hemos amado más allá del plazo impuesto sabemos que el tiempo de amar está cuajado de copos de música. Lo mismo que la nieve dura un instante en la palma de la mano, así los copos de la música más querida se derriten en un momento con sólo rozar la memoria. Pero resurge desde la tecnología que la preserva para volver a sentir que estamos vivos porque hemos amado esas canciones.

Y cuánto hieren. Y cuánto alivian haciéndonos saber que las orillas del infinito se han acercado a los más íntimo horadando los sentidos.

Por eso lo digo: salvad la música, salvad al cantante Salvador. Buscadle un corazón, dejad que sus venas de 27 años las llenen latidos de un corazón fuerte y sano y acaso enamorado.

Salvad al cantante Salvador para que su corazón no quiebre. Quien quiere “Amar pelos dois” merece un espacio vivo. Quien como él es capaz de amar por los dos debería tener un corazón y que su música llueva en un mundo que anda muy perdido y desamorado. Quien como él ama por los dos pide, sin pedirlo, la piedad de una música que inunde el áspero raspar de tanta vida sin sentido.

Anochece una canción en Lisboa

En una sociedad que ha entronizado a artistas de perfil autodestructivo que se quitaron la vida joven, parece locura, pero es lo justo, pedir que las nubes destilen vida para quien ha pasado de puntillas y haciendo bien lo que sabe: cantar.

Por el Oeste, a orillas de Océano junto a las olas atlánticas, se muere un sol sonoro. Y si se hace de noche sin un corazón nuevo, ¿quién nos cantará Ay amor?

Salvad, salvad a Salvador Sobral. Elevad plegarias y no imaginéis un mundo sin él.

 

Idea fuente: el poder de una canción para seguir viviendo enamorado

Música que escucho: “Ay amor”, Salvador Sobral (2016)

José Ángel Domínguez Calatayud

 

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Celsius 851

El funcionamiento eficiente de un horno crematorio exige temperaturas superiores a 800° C para la incineración de un cuerpo humano. En el prospecto de una empresa de hornos crematorios que consulto se informa de que su “quemador presurizado proporciona el calor necesario para que la oxidación se lleve a cabo a la temperatura mínima prevista (850° C)”.

Yo añado el 1, para llegar a 851°, en sentimental recuerdo de Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury (1953) llevada al cine con idéntico título por François Truffaut (1966), y protagonizada por Oskar Werner y Julie Christie, y que tuvo un éxito enorme.

Fahrenheit 451, el film

Después de verla alguno cogió y leyó un libro con páginas de papel, uno de esos que en la ficción eran arrebatados al pueblo y quemados. Leer libros, tener libros era ilegal en la distópica ficción.

El papel arde a los 451° F, de ahí el título; un cuerpo a los 851° C. Y ¿el espíritu humano? ¿cuántos grados se necesitan para acabar con el ser humano?

Ciertamente la mente y el espíritu no arden en el fuego físico porque no son materia. Pero hay un modo de reducir a cenizas las mentes: el monopolio doloso del conocimiento mediante el dominio de los canales por donde circula.

Un artículo de Elizabeth Kolbert (Who owns the Internet?, The New Yorker 28 agosto de 2017) analiza el estado actual de Internet y del gobierno de lo que hay en la Red de redes, con un sugerente subtítulo “¿Qué significa el gobierno de la Big Tech para nuestra cultura?”.

 

Kolbert (Premio Pulitzer 2015 en la categoría general de no ficción por su “The Sixth Extinción”), con apoyo en dos libros nuevos, hurga en el fondo de lo que está ocurriendo en la sociedad actual hiper-ciberconectada: “al igual que en los años setenta, estamos en medio de una revolución tecnológica que ha alterado el flujo de información. Ahora, como entonces, sólo unas cuantas compañías han tomado el control, y esta concentración de poder – la que los estadounidenses han aceptado sin siquiera tener la intención de hacerlo, simplemente haciendo clic – está subvirtiendo nuestra democracia”.

El primer libro es de Jonathan Taplin (“Move Fast and Break Things: How Facebook, Google, and Amazon Cornored Culture”); el segundo de Franklin Foer (“World With Mind: The Existential Treat of Big Mind”). Ambos autores dan pistas sobre el actual modo de acceder al conocimiento y dictaminan que no es el que soñaban los impulsores de Silicon Valley.

Se decía que Internet venía a acabar con el papel de guardagujas de las grandes corporaciones que, con su mediocridad y cortedad de miras, constreñían la cultura y se erigían en el criterio último del pasa-no pasa de lo culturalmente relevante, de lo espiritualmente aceptable y de lo políticamente correcto.

Preeminencia, relevancia y sentido

 

Y no, vienen a decir estos escritores y la propia Elizabeth Kolbert: las grandes corporaciones no han sido eliminadas de este papel de guías obligatorios, han sido sustituidas por Google, Amazon, Facebook y Apple; GAFA, como les denominan los europeos, pueden más con sus algoritmos que la propia creatividad.

Aconsejo la lectura del artículo, pero dejo dos extractos como aperitivo:

“Consideremos el caso de Levon Helm. Era el batería del grupo de rock The Band, y, aunque él nunca hizo se rico con su música, estuvo bien apoyado durante su mediana edad por sus derechos de autor. En 1999, le diagnosticaron cáncer de garganta. Ese mismo año, Napster apareció, seguido por YouTube, en 2005. Los ingresos por derechos de autor de Helm, que andaban por los cien mil dólares al año, de acuerdo con Taplin, cayeron “a casi nada”. Cuando Helm murió, en 2012, millones de personas seguían escuchando la música de The Band, pero casi ninguno de ellos estaba pagando por ella. (En los años que mediaron entre la fundación de Napster y la muerte de Helm, el gasto total de los consumidores en música grabada en los Estados Unidos disminuyó en cerca de setenta por ciento.) Los amigos tuvieron que destinar una aportación a la viuda de Helm para que ella pudiera conservar su casa”.

Con la compra de Youtube por Google éste es el dueño de la música, y ha derribado cualquier intento serio de que se impongan sanciones por impago de derechos. Como dice Taplin “Google mismo no piratea la música; no tiene que hacerlo. Está vendiendo el tráfico – e, igual de importante los datos sobre el tráfico -. Como los hermanos Koch, observa Taplin, Google está “en la industria extractiva”… Su modelo de negocio es “extraer tantos datos personales de tantas personas en el mundo al menor precio posible y revender esos datos a tantas empresas como sea posible en el precio posible más alto”.

Mentalidad, datos, criterio

Por su parte Foer describe cómo es una lucha desigual la de la prensa libre frente a quienes monopolizan la circulación de libros y artículos de prensa en cuyo contenido no han puesto un dedo.

¿Podemos extrañarnos de que el pensamiento actual esté empobrecido, circule por líneas casi tan obligatorias como las de una máquina de tren y de que cierren periódicos libres?

Pero hay soluciones al margen de las que proponen Foer y Taplin (leyes antimonopolio y liberar licencias actualmente exclusivas de Google o Facebook):

1.- Comprar libros con criterio de personas cultas y leerlos. Y recomendarlos si valen la pena.

2.- Tener un trato justo con Internet: Ajustado, quiero decir.

3.- Seguir una huella de transcendencia: creer en algo y apostar por ello.

4.- Mantener el amor vivo a través del tiempo; cura el escepticismo: si ardes por dentro no te quemarán desde fuera.

5.- Someter al propio juicio lo que se publica y el orden o preeminencia en que aparece.

6.- No someter a ningún juicio propio al que escribe. Respeto genera respeto; o al menos paz.

7.- Observar la “huella del vacío”, como en criminalística; ver lo que no se ve, lo que falta: “¿por qué se omite tal verdad?

Con estas “prendas ignífugas” y otras parecidas no acabaremos ciertamente con los quemadores de espíritus humanos, pero protegeremos el nuestro y, acaso, el de los nuestros.

Idea fuente: persona y personalidad ante la Comunicación y sus actuales gobernadores

Música que escucho: “Here Comes The Sun“, Colbie Caillat (2007)

José Ángel Domínguez Calatayud

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Valor, Redes e Integridad

Sogniamo un mondo senza più violenza
Un mondo di giustizia e di speranza
(The Prayer Andrea Bocelli)

 

 

 

Me encuentro en Twitter, gracias al profesor José Luis Orihuela, un resumen a modo de decálogo de “ El Manifiesto de la Comunicación No Hostil”*. El primer ítem es una declaración acerca de la integridad al comunicar, independientemente del medio empleado:

VIRTUAL ES REAL. Digo y escribo en las redes sólo las cosas que tengo la valentía de decir en persona”.

No pocas veces al pasear ese zoco que es Internet y asomarnos a algunos de sus puestos, tales como Facebook o Twitter, se nos enciende la sorpresa cuando no la indignación al ver cómo se vierten comentarios desahogados, despectivos o directamente injuriosos.

Si el “trend topic” es muy vivo y de materia sensible – vida, mujer, patria, fútbol, autoridad – el hervor de insultos, descalificaciones, bromas pesadas y humillaciones termina en deshumana catarata de hedor y podredumbre en forma de palabras escritas.

Y, sin embargo, las palabras, como nos recuerda El Manifiesto en otro punto, “son un puente… para comprender, hacerme entender, acercarme a los demás”.

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Entonces, ¿qué está pasando en las mentes humanas desde que Jack Dorsey fundara Twitter en san Francisco (California), en marzo de 2006, o Mark Zuckerberg y sus amigos hicieran lo propio con Facebook en febrero 2004 en Cambridge (Massachusetts)? ¿Ha cambiado en una década la condición humana?

El hombre y la mujer no mutan tan rápido en lo que son. Sí cambia lo que hacen o, más exactamente, cómo lo hacen.

Cambian las herramientas. Y cambia – se acelera – la velocidad del cambio. También se extiende por ahora sin límites el espacio-tiempo, el dónde y cuándo comunicar.

Pero no es la condición humana la que sufre metamorfosis, aunque visto lo visto y oído lo oído llene de alarma y obligue a dictar un decálogo: ni el insulto, ni la simulación, ni el engaño, ni la murmuración, ni la trampa con la palabra son algo nuevo. Fuera, pues, el escándalo y echemos a volar: “Se apresuran a derramar sangre./ Pues en vano se tiende una red a la vista del que tiene alas” (Pr, 1.16-17), se lee en los libros sapienciales.

Ahora bien, si pregono que escribo solamente cosas que tengo la valentía de decir en persona, estoy diciendo de modo expreso que soy valiente. Y eso está por ver. Está por ver, incluso que seamos en persona valerosos en grado tal que no nos importe comportarnos siempre al compás de los propios valores.

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El prejuicio, el temor al que dirán, a que sepan, por ejemplo, que fumo, bebo, soy heterosexual ,católico piadoso, hándicap 17 y más bien de centro-derecha llega a atenazar la naturalidad para disfrazarla de “media estadística” con discurso políticamente correcto.

Y si cara a cara soy otro, ¿quién soy en las redes? Si no me respeto a mí, ¿qué razón tengo para respetar al Rey en un tuit? Si no soy íntegro en mi fuero interno, ¿por qué no sumarme ladinamente a la opinión mayoritaria en las redes o por qué no callar ante al injusticia?

La primera comunicación en términos de jerarquía es la que tiene cada uno, cada una consigo al elaborar un pensamiento y tomar la decisión de qué hacer con él. Silenciarlo o expresarlo y, entonces, con qué propósito, en qué tono y por qué medio.

Integridad es la piedra de toque del comunicador.

 

Idea fuente: difundir “El Manifiesto de la Comunicación No Hostil”

Música que escucho: I Still Can See Your Face, Barbra Streisand & Andrea Bocelli (2014)

José Ángel Domínguez Calatayud

 

* Il Manifesto de la Comunicazione non ostile es una iniciativa surgida en el contexto de un simposio celebrado en Triestre (Italia) los días 17 y 18 de febrero de 2017. Es un decálogo de sentido común, que todos pueden entender y  que vale la pena difundir.

 

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