Cabeza y corazón

O corazón y cabeza. Ayer estuve con Alejo, amigo de nacimiento. Yo tengo dos personas amigas de nacimiento. Otra, amiga del alma. Un potente pero corto número de amigos íntimos; luego amigos, buenos amigos; también una montaña de conocidos; … y cordilleras de rostros a los que querer y querer ser amigo de ellos.

Bueno, pues estábamos Alejo y yo tomando una cerveza con olivas en La Alicantina (Plaza del Salvador, Sevilla). Una treinta de la tarde. Sol, turistas, estudiantes y una brisa del Este que movía un toldo de una cercana heladería, ya casi en calle Cuna.

Plaza del Salvador (Sevilla)

.- Esta mañana he hablado con ella – dijo Alejo, sin venir a cuento, pues habíamos estado hablando del derecho/obligación de vivir y de respetar la vida.

.- ¡Ah! – respondí queriendo decir sólo eso – ¡ah! – y esperando nuevos datos. Desde luego que con las solas seis palabras yo tenía información de sobra para contextualizar lo que viniera a continuación.

El contexto, del que el lector no tiene porque saber nada, es este: si Alejo dice sólo “ella” no puede ser más que una: Cira, la que fue el amor de la juventud primera que equivale a ser la figura del único amor universal que dora la tierra, eleva a los humanos y los hunde cuando no está presente. Aquello terminó abruptamente, pero por cosas del destino sus órbitas coinciden de vez en vez. Es, en el sentido físico de la palabra, una emergencia, ya que como guadianas de sus biografías salen a superficie, vuelven a no verse, para tornar a los pocos años a hablarse.

Alejo venía a decirme que de nuevo había vuelto a oír su voz y él a decirle cosas a ella.

.- ¡Dónde has visto a Cira, si no vive aquí? – pregunté con curiosidad.

Se hizo el silencio que respeté, pues conozco bien los silencios de Alejo: estaba en trance de decidir si me contestaba transcendente y lírico (“No necesito que esté delante para verla, su imagen no se me va de dentro”) o físico y realista: fue esto último.

.- Por teléfono, he hablado por teléfono. Como supondrás, no voy a contarte lo que nos hemos dicho. Sólo que tenía unos asuntos de peso que afrontar y quería escuchar mi opinión. Le he dicho: “Cira, haz lo que te pida el corazón”. No te cuento el resto porque está por medio su intimidad.

.- Y un poco la tuya… – he aventurado.

.- Y un poco la mía – me ha dicho mirándome a la cara con una sonrisa.

Luego los dos hemos pensado que muchas veces se dice a la gente que haga lo que le pide el cuerpo, el corazón o, incluso, el instinto. Y de ahí, a veces, salen bombas.

Es lo mismo que cuando, sin más argumento, se insta a las personas a comunicarse con “naturalidad”, sin pararse a pensar si lo natural en esa persona es brutal, ordinario, soez e ineducado o, por el contrario, es pacífico, refinado y alegre.

.- Sí – ha concluido Alejo -: mejor hubiera sido decirle a Cira lo que aquel sabio amigo me dijo en la universidad respecto a ella: “sopesa lo correcto con la cabeza y una vez decido, no dejes de poner en ella todo el corazón”.

Idea fuente: hacer con la cabeza y con el corazón: “y” es conjunción copulativa.

Música que escucho: “I’ll remember you”, Elvis Presley (1973) Aloha from Hawaii, Live in Honolulu

José Ángel Domínguez Calatayud

La luz fuera de los ojos

Voy a llamarla Lucía. Fue el domingo cuando la encontré. Fui como otros domingos a comprar la prensa a la tiendecita de siempre. Es una tienda linda, donde los niños compran chuches y los demás revistas y periódicos. Hay cuadernos, plumas, sobres, bolis, pequeños regalos y esas cosas de oficina que te faltan cuando no puedes ir a buscar lejos de casa. Una cierta tienda de un cierto desavío.

Photo by Kat Coffe on Unsplash

El día se pausaba templado con un matinal sol de invierno que te ponía una capa de calor suave.

Por la acera se acercaba una joven empujando una silla de ruedas donde se sentaba una señora mayor. La joven  me preguntó en acento de un país hispanoamericano si aquella era la tiendecita de chuches. Se lo confirmé.

.- Vamos a comprar palomitas – dijo dirigiéndose a la mujer de la silla más que a mí.

Cuando intenté ayudar con la puerta para que entrara la silla de ruedas enseguida vimos que no cabía. La joven entró, mientras yo me quedaba fuera al cuidado de silla y señora. Era una mujer distinguida, a la que el paso de los años le prestó arrugas pero no se las hizo pagar en la firmeza de la piel y la belleza serena de un rostro impasible. Una manta ligera de cuadros sobre el halda abrigaba y tapaba sus piernas. El vestido era un camisero de color indefinido. Era definitivamente un mujer sencilla; elegante como su silencio en todo este rato.

.- ¿Usted quién es? – me preguntó con un suavísimo acento que hacía juego con su digna presencia y con su mirada dirigida lejos de mí desde su gafas oscuras.

Cuando le dije mi nombre ella me dijo el suyo.

.- Yo me llamo Lucía.

Por romper el silencio que se producía cada vez, le dije que enseguida vendrían con las palomitas. No pareció hacerme mucho caso mientras pasaban lo segundos que se hacían largos. Volvió su gafas de sol hacia donde estaba yo y añadió.

.- Soy ciega.

“¡Cómo no lo había adivinado yo!” me reproché. Repuesto de la sorpresa le pregunté si hacía mucho tiempo.

.- Sí, hace años – respondió sin ningún acento dramático o de autocompasión. Y me dijo más -: son los años sin luz.

.- O de otra luz – se me ocurrió, y al instante me arrepentí de lo que me pareció una arrojada ocurrencia que un desconocido no debía verter en los oídos de una ciega.

Sin embargo Lucía pareció animada cuando coincidió conmigo.

.- Lleva razón, caballero: “otra luz” – comenzó y, tanteando hasta tocar y presionar dulcemente mi brazo, continuó sin parar -: sí, vivo ya en la luz de los años en que mi corazón latía con la luz de aquel que se fue antes que mi visión. Tengo la ayuda que ha visto. Pero me arde un fuego que ilumina mis días y las solas cosas que me importan. Las llevo dentro: he amado todo; las veo, las huelo y las tocan los dedos de mi alma. Señor dígame: ¿a que tiene ojos el corazón?

.- Los tiene – le respondí, acariciando su mano. Llegó la joven y me despedí con una lágrima, que Lucía debió notar. Yo sí lo vi en un guiño cómplice de su comisura.

Idea fuente: una dama ciega y su acento al decir “he amado todo”.

Música que escucho: “Ho amato tutto, Tosca (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

Etiquetas: , .

Incertitud

Dice la RAE que la palabra “incertitud” es femenina, que es término en desuso y que viene a significar “Falta de certeza o certidumbre”.

Era una expresión que, en otra vida en una empresa transnacional en la que serví en Comunicación, escuchaba con frecuencia a un director pronunciadamente inclinado hacia las formas francesas de hablar. Solía emplearla en plural: “ hay muchas incertitudes”, “ese sujeto está lleno de incertudes”, donde con “sujeto” no se refería a un personaje sino al “subjet” en sentido galo: asunto, punto, tema.

Photo by Jakob Owens on Unsplash

Hoy me ha venido a la cabeza esa palabra al considerar que, en un sola página de opinión del periódico que tenía entra las manos, los tres artículos se sumergían en la idea de incertidumbre. Treinta veces, o sinónimos, en un página.

Manifestaban los autores la existencia perturbadora de incertidumbre en la política española, en el devenir de las empresas, en la trayectoria de la Sociedad.

Ya en aquella gran empresa donde estuve en otra vida escuché que “il faut gerer la contradiction”. Pero de esa “gestión de la contradicción” no se tardó en pasar a “gerer la incertitude”. Y de esta última ola las espumas – y sus residuos – llegan a nuestros días. Muy interesante el artículo “L’Incertitude: Comment Réussir A La Gérer”, de Lionel Meneghin (Forbes France, 23/05/2017) que empezaba paradójico: “La única cosa cierta es, desde luego, ¡la incertidumbre!” (La seule chose qui soit certaine, c’est bien l’incertitude elle-même !).

Y si ante esta tesitura el corazón reta al coraje, nos vino lo de VUCA, acrónimo en inglés con lo que se refieren a entornos empresariales como lugares y tiempos de Volatility, Uncertainty, Complexity, Ambiguity.

Son fenómenos observables, diría que de modo punzante, en muchas realidades que están cerca no sólo en ámbitos de la empresa. Miremos la ciudad, la nación, las consecuencias del empleo abusivo de pantallas y redes. Abramos los ojos a las actuaciones en el “subjet” Familia, relaciones de afecto o Educación.

Las consideraciones tipo VUCA van en dirección correcta. Sí, así son las olas en la superficie. Pero las olas no son un mal original, son consecuencia. No están en la etiología, sino en los síntomas. Las cosas hay que verlas a profundidad de periscopio y, si el alma y la mente tienen capacidad de oxígeno espiritual, a muchos pies de profundidad, porque no son olas causadas por el viento.

Photo by Lubo Minar on Unsplash

Tenemos olas de volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad porque se mueve fuertemente el fondo del mar. Mar de fondo. Tendencias. Macrotendencias.

La buena noticia es para quienes desean adaptar la acción a VUCA pero con criterio. Se puede siempre que no implique renuncia a Principios, Altura de miras, Rumbo, Alegría.

El Acrónimo sería PARA; suena libre, es el tono de la flecha que elegimos ser para encarar la propia misión. Hay gente en ese afán en todos los países; personas que no claudican, que no doblan la cerviz a cada ocurrencia, que trabajan, que inculcan a los suyos el respeto y no se conforman con vivir de eslóganes. Prefieren las certezas de lo que nadie podrá cambiar y que supone el corazón de la vida. Y lo sabemos.

Idea fuente: gestionar las incertidumbres

Música que escucho: Gli uomini non cambiano, Achille Lauro con Annalisa, San Remo (2020)

José Ángel Domínguez Calatayud

Pellizcos de alma

“Hasta mañana, amigo del alma”. “Hasta mañana, del alma amiga”. El sol caía lento por el Atlántico. Había que separarse. Era la hora. La necesidad obligaba. Se miraron a los ojos con la misma palabra en la cabeza y en los labios: “compartimos”. Y una punzada en el corazón, como un cariñoso toque, inyectó nostalgia malva. El horizonte no era el rojizo astro de allá lejos. El horizonte eran los dedos de ambos, que lentamente iban separándose. Luego, el abismo. Luego, la noche.

Photo by Harli Marten on Unsplash

Si ayer hablé de “imágenes” fue por la fuerza que tienen para darnos pensamientos. Para formarlos, es decir, darles forma, figura: hacerlos accesibles.

Además, en esta Civilización de las Pantallas, son flechas llenas del veneno – dulce veneno – de la emoción. Imágenes son las series, los millones de videos que llegan a Youtube, fotos en Instagram y otras redes. Apariencia de las cosas.

Ayer hablé de la imagen. Hoy, de la palabra. La palabra es la materia. Materia del lenguaje; materia impenetrable. Materia de lo real. Materia que define lo que las cosas son. Y los sueños.

Sin palabra no hay imagen. Sin imagen no hay palabra. No hay forma sin materia. “La forma pura es el elemento inteligible mientras la materia es impenetrable por el pensamiento” (Aristóteles).

Photo by Green Chameleon on Unsplash

Esa es la agonía del pensador. Pero también del escritor, del periodista, del bloguero. Y hasta de los amantes. Es la lucha por hacer comunicable – compartible – lo que por esencia es estirpe indescriptible. Si no puedo entrar en la materia, ¿cómo podré contarla? Es la agonía del pintor: “vacío” dije yo; “Patricia Ruiz, pronunció una sola palabra ‘oscuridad’”. Ella es pintora.

La palabra tiene la capacidad de entreabrir el concepto. Emplearla bien, es decir, ordenada, precisa, rica, digna y exacta hace de los buenos escritores cirujanos de la realidad material y del espíritu. El bisturí de su pensamiento y la luz de su gramática te ofrecen realidades a corazón abierto. Y  en el tiempo debido. “Más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo” (Don Quijote).

Tiene la palabra, pero aún más la acción, la capacidad de acercarnos al infinito, como en una divinización por íntima adhesión a Quién por forma y materia la tiene, sin división ni confusión, humana y divina: “porque somos también de su linaje” (Hch 17,28).

A nadie se le escapa que por lo mismo que hay palabras que divinizan otras te descalabran. Que también leemos en El Quijote “es tan ligera la lengua como el pensamiento, que si son malas las preñeces de los pensamientos, las empeoran los partos de la lengua”.

Eso conduce a la cautela con el uso de la palabra y al prudente pensamiento para dejar alrededor palabras bellas, buenas y verdaderas. Porque nos es dado con ellas dejar una estela de esperanza. Un soplo de aire puro. Un audaz suspiro alegre en el ser dañado.

Ya de noche, ella le envió un whatsapp de respuesta al largo y conmovedor mensaje de él: “tus palabras son un pellizco de cariño en el alma”. No pasa más. Simplemente quedan horas para que amanezca con una palabra de saludo. Sólo una palabra.

Idea fuente: tu palabra tiene capacidad de transformar: es materia

Música que escucho: Darling You, Julia Westlin (2019)

José Ángel Domínguez Calatayud

Etiquetas: .

Imágenes: siempre presentes

Incluso cuando pretendemos la Matemática o la Filosofía Pura acude en nuestro auxilio la imagen por vía de nostalgia. Si son arduas es porque les falta la imagen. Echamos en falta la imagen y viceversa. Necesitamos las phasmata.

No podemos pensar si la imaginación no construye, siquiera por el camino del ejemplo, al menos un ejemplo, una figura que haga las veces de representación de la realidad.

Eso es así porque las imágenes no es que nos rodean, sino que incluso para mal o para bien las llevamos dentro. Las imágenes colman el cerebro que para nosotros  codificó en el insensible interior de neuronas cosas sensibles y las ordenó para que las veamos con los ojos del corazón.

Photo by Alina Grubnyak on Unsplash

Eres lo que imaginas, piensas lo que imaginas, te ríes por lo que imaginas, temes porque el miedo tiene imagen; te atreves porque vislumbras una cara, una meta, un continente, un color, una locura. Hago el bien porque mi imaginación me presenta el resultado satisfactorio en un logro, en una sonrisa de un Dios o de un humano. Pero el mal sufrido también presente me trae rostros; los recuerdo a veces cuando recito “así como nosotros perdonamos…”. Recreas las lágrimas en aquella bella mejilla, en la herida en el inocente o el sufrir inconsolable de una madre a la que le arrancan de sí la vida de su niña.

Así es por la estructura de nuestra anatomía neurológica y sus billones de interconexiones. También gracias al soplo de espíritu que aletea en el alma. No es que se deba a un orden físico, que se debe, sino sobretodo porque nuestra mente se desgarra sin una conexión más allá de lo tocable. No eres un ordenador. Tú no computas, imaginas y piensas vitalmente.

El otro día escribía de una colonia (Eau Sauvage) que creaba un apodo. A otra persona, la misma colonia, le transportaba en volandas hasta los párpados mismos de quien la usaba a diario. Y luego a un universo vivido juntos hace décadas.

Ya es ciencia cierta que uno de los dos lugares del cerebro donde más neurogénesis (creación de nuevas conexiones neuronales) se produce es el bulbo olfativo donde se “recogen los olores y los aromas; de ahí, la información llega fundamentalmente a nuestro sistema límbico o cerebro emocional. Por eso el olfato tiene un componente emotivo y puede evocar tantos recuerdos”. Es decir, imágenes. Terribles o amadas imágenes que devoran invasivas el pensamiento sin darnos cuenta del fenómeno.

Photo by Erol Ahmed on Unsplash

El rioja que saboreas, y del que no sabes por qué te gusta tanto, lleva trazas aromáticas de las mandarinas que tu madre te pelaba el verano de niño en que fuiste feliz. El agua de colonia Álvarez que acabas de oler esperando en el semáforo te ha teledirigido a la sala de estar del Colegio Mayor y has visto en un microsegundo la imagen del compañero que la usaba a muerte. Hoy, ni siquiera la has olido; sólo has escuchado hablar de ella – de la colonia First, de Van Cleef et Arpels, – y cada peca de aquel rostro, perfecta imagen, te ha revolcado el corazón.

Y así, siempre la comunicación nos llenará de imágenes. Nos hacemos con lo que imaginamos. Y con lo que oremos. Especialmente.

Idea fuente: Las imágenes nos preceden, nos acompañan y nos dan pensamientos

Música que escucho: My Special Prayer, Percy Sledge (1967)

José Ángel Domínguez Calatayud

Etiquetas: , .